A la sombra de nuestro ángel

Por Pedro Venegas

“Sólo padeciendo de amor se sabe cuánto se ama.” 

Antonieta Rivas Mercado

 

Cuando uno cruza la Ciudad de México por Paseo de la Reforma, es obligado el paso por el Ángel de la Independencia. Emblemática como siempre, la columna que Porfirio Díaz visionariamente mandó construir para conmemorar los 100 años de la de la Independencia de México, obra realizada por su arquitecto preferido: Antonio Rivas Mercado.

¿Ya la vio por fuera y por dentro? El monumento tiene como seña particular, en su base, una pesada puerta de hierro y bronce, y en bajorrelieve, un busto de mujer cuya modelo fue la hija mayor del arquitecto llamada Alicia, de finas y bellas facciones.

Notablemente, la familia del arquitecto, a quienes sus amigos llamaban “El Oso”, ya que medía casi dos metros de estatura y tenía un cuerpo bastante corpulento, obviamente era parte de la élite porfirista. Su hija Alicia era muy bonita y alegre. Antonieta era “diferente”, tenía un rostro delgado y aspecto triste, unos ojos muy melancólicos, diría yo que de esos que parece que están a punto de llorar.

Hay vidas como la de ella, la de Antonieta, de las que poco se sabe o que muchos ignoran, vidas que fueron parte importante de nuestro pasado histórico, piezas clave para los sucesos relevantes del enorme rompecabezas llamado historia, esta es una de ellas.

¿Pero quién era Antonieta? Nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1900, en la casa de sus padres en la calle de Héroes 45. Su nombre completo fue María Antonieta Valeria Rivas Castellanos. Desde muy pequeña recibió la mejor educación que podía tener una niña de aquella época (1900-1931).

Era la segunda hija del distinguido matrimonio conformado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, quien realizó obras, además del Ángel de la Independencia, como la terminación del Teatro Juárez de Guanajuato y el Palacio Municipal de Tlalpan, entre otros, y de Matilde Cristina Castellanos Haff.

Ágil y delgada, practicó la danza desde muy pequeña, a los ocho años viajó a Francia con su padre y se presentó la oportunidad de que ella se dedicara completamente al ballet en la Opera de París, pero su padre se rehusó, no quería dejar a su hija sola en aquella ciudad. De una inteligencia singular, Antonieta aprendió inglés, francés, alemán, italiano y griego, lo que le abrió la lectura y el conocimiento de otros países.

Bajo la guía de su padre, se educó en un riquísimo ambiente cultural; aprendió música, danza y otras artes desde niña. Todavía siendo menor de edad y estallaba la Revolución Mexicana, Antonieta enfrentó la dura situación de quedarse como la señora de la casa, porque su madre se fue a Europa con su hermana Alicia para seguir a un amante.

Por su educación, soltura y relaciones, fue también literata y periodista, pensadora, dramaturga, feminista. Como ninguna, precursora de la defensa de la mujer en nuestro país, una de las pioneras en este tipo de ideologías. Perteneció al círculo de artistas e intelectuales que renovaron la cultura mexicana al concluir la Revolución Mexicana.

A los 19 años se casó con Albert Edward Blair, un inglés que desde los 10 años vivió en los Estados Unidos, de ideas altamente conservadoras, quien participó en la Revolución Mexicana porque era amigo de la familia Madero. Sin embargo, este matrimonio no funcionó, ya que cuando nació su hijo Donald Antonio, no se ponían de acuerdo en cómo educarlo.

También, contrario a sus ideas y educación, su marido quería vivir en un rancho en el norte y que Antonieta realizara las labores de una campesina, lo cual no la hizo feliz, por lo que decidió regresar a México con su padre y sus hermanos menores, Amelia y Mario.

Fundó el Teatro Ulises, formó y financió el patronato para la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección de Carlos Chávez. Se convirtió en mecenas de personajes como Andrés Henestrosa, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza, Roberto Montenegro, Julio Castellanos, y el pintor Manuel Rodríguez Lozano.

Como parte de la vida, en 1927 falleció el arquitecto del porfiriato. Un duro golpe para Antonieta, pues perdió al padre que la amaba y la protegía. Ese mismo año conoció y se enamoró del pintor Manuel Rodríguez Lozano.

Por sugerencia del pintor Germán Cueto, Antonieta fue a entrevistarse con Rodriguez Lozano, con el fin de que le diera clases de pintura a su hermana Amelia. Al mirarlo quedó impactada, jamás había visto a un hombre tan guapo, sin embargo, Manuel era homosexual, por lo que no podía corresponderle como hombre. Antonieta alimentó esperanzas, pues Manuel Rodríguez Lozano anteriormente había estado casado con Carmen Mondragón, una de las mujeres más bellas de México, pero la realidad fue otra.

Mal y de malas, luego de un divorcio muy complicado en el que perdió la custodia de su único hijo, por el que no dejó de pelear en los tribunales y fuera de ellos, además de verse destruida por la temprana muerte de su padre, y por enfrentar a una sociedad que negaba a las mujeres la posibilidad de abrirse camino, Antonieta conoció en 1926 a los poetas Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, en cuya revista “Ulises” empezó a escribir al año siguiente teniendo así una nueva oportunidad.

Si vida dio un giro inesperado, en 1929 conoció a José Vasconcelos, el apasionado filósofo y educador que se había lanzado como candidato presidencial en contra del recién nacido partido oficial y que exigía la instauración de aquel orden democrático soñado por Francisco I. Madero. Entonces se entregó con devoción y vehemencia a la cruzada vasconcelista y se vinculó afectivamente a su líder.

Al fin culta y educada, Antonieta jugó un papel destacadísimo en la candidatura presidencial de José Vasconcelos Calderón, de quien fue compañera sentimental, de 1928-29. No solo puso su fortuna a disposición del mujeriego candidato, sino también su corazón. Entre mítines, comidas y entrevistas la relación se consolidó. Vasconcelos fue discreto, sin contar que Serafina, su esposa, se encontraba en Estados Unidos.

Más tarde, Antonieta invirtió buena parte del caudal heredado de su padre en financiar la música, el teatro y la pintura que cultivaban artistas como Carlos Chávez, Miguel Rodríguez Lozano y varios más.

Con fuertes vínculos con la crema y nata de la sociedad de esa época, fue amiga de Federico García Lorca y fue retratada en varias ocasiones por otra gran mexicana: la fotógrafa, actriz y modelo Tina Modotti quien peleó en la guerra de España, fue amante de Edward Weston, amante y modelo constante,  y murió trágicamente.

A la costumbre de la época, al ser derrotado Vasconcelos por un escandaloso fraude, ambos se exiliaron sucesivamente en la ciudad de Nueva York y luego en París, Francia, donde Antonieta trabajó como escritora y periodista.

Ahí se encontró con Vasconcelos. En la noche anterior a su suicidio, Antonieta le había preguntado en el cuarto del hotel: “Dime si en verdad me necesitas…”. Él, sin saber el sentido profundo que tenía la pregunta, se limitó a responderle: “Ningún alma necesita de otra. Nadie, ni hombre ni mujer necesita más que a Dios; cada uno tiene su destino comprometido con el creador”.

Como una flecha en el pecho, en ese momento, el corazón de Antonieta se dispuso a recorrer el camino que no tiene regreso. Si no era indispensable, ¿Qué sentido tenía la vida?

Puedo imaginar aquel día y los miles de pensamientos que tuvo en aquel momento, sin ningún argumento capaz de evitar la tragedia, y que seguramente su vida entera pasó ante sus ojos en unos segundos, lo había decidido y lo haría, lo había escrito en su diario, su famoso Diario de Burdeos.

“He decidido acabar –no lo haré en el hotel para no comprometer a los que me han ayudado- […] Ya está en mi poder la pistola que saqué de entre los libros del baúl de Vasconcelos. Es la que lo acompañó en toda la gira electoral”. (Rivas Mercado 1987:433)

Antonieta se dirigió a la catedral de Notre Dame, que en esos momentos se encontraba casi sola. Se sentó en el extremo izquierdo de una banca frente a la imagen de Jesús crucificado. Abrió su bolso de mano y sacó la pistola de Vasconcelos. Colocó el cañón sobre su corazón y disparó. La detonación se escuchó en todo el santuario. El cuerpo sin vida de Antonieta se desplomó sobre la banca, Antonieta se suicidó el 11 de febrero de 1931. En este mes cumple 88 años de fallecida.

Se dio un tiro en el corazón y puso fin así a una corta pero productiva y apasionada vida dedicada al impulso de las artes y de los valores democráticos en nuestro país, de la defensa de la mujer además, muy valioso para esos tiempos.

Su vida y trágica muerte inspiraron la cinta México-hispano-francesa “Antonieta”, dirigida por el español Carlos Saura y con la actriz francesa Isabelle Adiani en el papel principal.

El suicidio de Rivas Mercado inundó los periódicos parisinos. Permaneció sepultada en el cementerio de Thiai, Francia, hasta que finalizó la concesión de su tumba en 1936, como nadie se ocupó de su osamenta, sus restos fueron llevados a la fosa común.

Por su parte, Vasconcelos rechazó la pistola que la policía francesa pretendió regresarle.

La Iglesia católica tuvo que realizar una ceremonia especial para limpiar el recinto sagrado del sacrilegio. Cabe comentar que en la actualidad (2019) si usted pregunta por este hecho en la Catedral de Nuestra Señora, todos lo niegan, dicen que no saben o que no es cierto.

Existe un relato interesante de su vida en un libro que se titula “A la sombra del Ángel” de Kathryn S. Blair, esposa del único hijo de Antonieta, Donald Antonio, publicado por la editorial Punto de Lectura, es una novela histórica sobre Rivas Mercado, considerada una Sor Juana del Siglo XX. Pocas novelas históricas han preservado su vigencia ante los lectores como lo ha hecho esta obra.

Ahora, cuando usted vuelva a pasar por la columna del Ángel de la Independencia sabrá algo más sobre su origen y recordará a Antonieta, la mujer que aportó su enorme granito de arena para que nuestro país fuera un mejor lugar para vivir y por ello sea señalada como La sombra del Ángel que nos cobijó.

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