Adiós Ben

 

Por Pedro Venegas

Me gusta recordar lo bueno de la vida, los personajes que nos dejan huella a través de su trabajo, hombres como el que hoy me ocupa. Sabido es que los grandes periodistas no mueren: se diluyen lentamente en el éter y nunca desaparecen del todo. Dejan en el ambiente un olor muy peculiar, un olor a abandono, a soledad, a no te vayas. El 21 de octubre de 2014,  Benjamín Crowninshield ‘Ben’ Bradlee (periodista y editor estadounidense), siguió este camino.

Para una gran mayoría, principalmente para los del ambiente periodístico, fue una noticia devastadora. El Mundo, diario de España, reseñó así la noticia: “Hoy es un día triste para el periodismo en todo el mundo. Ben Bradlee, la epítome de director de periódico, ha fallecido esta madrugada en su casa de Washington. Tenía 93 años de edad, de los que pasó 26 como director de The Washington Post. Durante ese periodo, el Post, como se le conoce familiarmente, pulverizó a su competencia en la capital estadounidense y se convirtió en uno de los grandes periódicos de referencia del mundo, en buena medida gracias al tándem formado por Bradlee y Katherine Graham, que asumió la gestión de la empresa familiar tras el suicidio de su esposo, Phil, en 1963.”

Hay momentos emblemáticos para las grandes personalidades como él. Ben Bradlee saltó a la fama mundial durante la crisis de Watergate, aquel escándalo que culminó con la renuncia de Richard Nixon a la Presidencia de Estados Unidos. Como director del Washington Post y con el apoyo absoluto de Katherine Graham, resistió monumentales presiones políticas, económicas y protegió el trabajo reporteril de dos periodistas que también agregaron su nombre al rol de honor de la profesión: Bob Woodward y Carl Bernstein. Sin embargo, la vida de Bradlee tiene episodios oscuros, que si bien nunca demeritaron su actuación profesional, sí la envuelven en un aire de misterio que está a la espera de un relator actual.

Fue en 1982 cuando en Washington no se leía otro periódico o si lo hacían primero era el Post, fue el momento en que la modernidad llegó a su redacción, cuando instalaron las últimas computadoras y silenciaron para siempre el estruendo maravilloso de las máquinas de escribir Remington.

Quienes tuvieron la suerte de tratarlo, descubrieron a un hombre sensible y de mente abierta. Para definirlo mejor tengo que decir que Ben nació el 26 de agosto de 1921 en Boston, Massachusetts, en el seno de una familia antigua y conservadora, golpeada por la depresión económica. Fue el segundo de tres hijos, junto con Freddy y Constantine. Estudió en Harvard y se casó con la hija de un senador.

Fue hijo de Frederick Josiah Bradlee, Junior. (1892–1970), descendiente directo de Nathan Bradley, el primer americano de ese apellido nacido en la colonia de Massachusetts en 1631, y de Josephine de Gersdorff (1896–1975), hija a su vez de Carl August de Gersdorff (1865–1944), descendiente de inmigrantes alemanes, y de Helen Suzette Crowninshield (1868–1941). Ben fue padre de cuatro hijos: Ben Junior, Dominic (Dino), Marina y Quinn.

No siempre estuvo dedicado al periodismo, durante la Segunda Guerra Mundial estuvo adscrito a la Oficina de Inteligencia Naval, a cargo de la transmisión de mensajes cifrados. Sin embargo, en 1946 se incorporó como reportero de un diario dominical de Nuevo Hampshire y en 1951, con la ayuda de Philip Graham, yerno del editor del Washington Post, fue nombrado subjefe de prensa de la Embajada de los Estados Unidos en París. 

Poco a poco la vida lo llevó a su destino, en los años siguientes Bradlee trabajó para el Departamento de Intercambio Informativo y Cultural, nombre oficial de la Oficina de Propaganda del gobierno de Estados Unidos, como responsable de la producción de películas, discursos y artículos informativos para uso de la Agencia Central de Inteligencia (cia) en Europa.

Su habilidad para seleccionar información le permitió tener otro tipo de actividades. Según documentos de la Procuraduría de Justicia, una de las tareas de Bradlee fue la de organizar la campaña de propaganda en torno a la ejecución de los supuestos espías Julius y Ethel Rosenberg en junio de 1953.

Y su trabajo dio frutos, en ese año se incorporó a la corresponsalía de Newsweek en Europa, se divorció y se casó nuevamente con la hermana de la esposa de un alto operativo de la CIA encargado de la “Operación Mockingbird” (Cenzontle) diseñada para sembrar informaciones en los medios y reclutar a periodistas y editores para tareas de inteligencia. Esta actividad le trajo consecuencias, en 1957, después de que entrevistó a miembros del Frente de Liberación Nacional argelino -en lo que según una autora fue parte de Mockingbird-, fue expulsado de Francia.

Como detalle curioso les comentaré que en un artículo de la revista Rolling Stone se aseguró que mediante ese operativo la CIA reclutó a más de 400 periodistas norteamericanos, entre ellos el propio Bradlee cuando era miembro de la redacción europea del semanario Newsweek. 

Cuando la guerra terminó, de regreso a su país, ingresó al Washington Post y cuando Watergate estalló en 1972, ocupaba la dirección ejecutiva del diario. Bradlee fue un amigo cercano de Jackie y John Kennedy, sus vecinos en Georgetown, el barrio elegante de la capital estadounidense. Se casó en terceras nupcias con la exitosa y distinguida reportera de sociales Sally Quinn. Era, pues, un hombre de mundo, seguro entre la élite, sin problemas de autoestima. Aparentemente lo contrario de Nixon. Pero como Nixon, profundo conocedor de los rincones oscuros del poder y nada ajeno a la intriga. 

Dos años marcaron innegablemente la historia de los Estados Unidos. En 1971 la revelación del expediente secreto del Pentágono que documentaba las mentiras, errores, decepciones y carnicerías del gobierno de Estados Unidos en Vietnam, fue escuchada en las redacciones cual clarín que llama a la batalla, la confirmación del quinto poder como realidad republicana. 

Y en 1972 el escándalo Watergate electrizó al periodismo mexicano y al de los Estados Unidos de América con la culminación del episodio con la renuncia de Nixon el 9 de agosto de 1974, el hecho hizo de Ben Bradlee, el director de The Washington Post, un héroe de aquella generación.

Como consecuencia, el hecho fue reflejado en una película: “Todos los hombres del Presidente”, la cual fue llevada a la pantalla grande con mucho éxito, quizá no haya habido reportero que en su interior no estuviera convencido de que podría emular, así fuera un poquito, a Woodward y a Bernstein. 

Sin embargo, Bradlee tuvo que beber un trago amargo importante en su exitosa carrera al publicar un falso reportaje: 

“Janet Cooke es una hermosa y vital negra con aire dramático y un extraordinario talento para escribir. También es la cruz que el periodismo -especialmente el Washington Post y en particular Benjamin C. Bradlee- llevará a cuestas para siempre. A los 26 años escribió una vívida y dolorosa historia sobre un heroinómano (persona que es adicta a la heroína) de ocho años a quien el concubino de la madre inyectaba periódicamente. La información se publicó en primera plana el domingo 28 de septiembre de 1980 y tuvo en vilo a la ciudad durante semanas. El 13 de abril de 1981 ganó para Cooke el Premio Pulitzer.

“En las primeras horas del 15 de abril de 1981, Janet Cooke confesó que era una invención: Jimmy no existía, y tampoco el concubino. Desde ese momento la expresión ‘Janet Cooke’ se hizo sinónimo de lo peor en el periodismo norteamericano, tal como la palabra ‘Watergate’ significó lo mejor.”

Así inicia Bradlee el capítulo de su autobiografía dedicado a otro de los grandes escándalos periodísticos del siglo. El Post regresó el Pulitzer y emprendió una campaña de reparación de daños que sigue siendo tema de estudios académicos. Una de sus consecuencias fue el aterrizaje y fortalecimiento de la figura del ombudsman en los medios de comunicación. Janet renunció, vendió su historia para una película que nunca se rodó y se mudó a París. 

Ben Bradlee tuvo amigos como Walter Pincus, a quien llamó “el gran padre blanco de la televisión” pero siempre se vio  como un reportero de la vieja escuela. Pincus, un curioso voraz periodista que se entusiasmó como adolescente con el despegue a la luna y lloró con la tragedia del asesinato de Kennedy. Dio su sello a una época. Fue el modelo de una profesión hoy usurpada por actores que personifican a periodistas y recurren a la tecnología y a los efectos especiales para un barniz de credibilidad. Te divertía saber que en Suecia llaman “cronkites” a los lectores de noticias. También fue el orador en el funeral de Ben.

En el 2009 Juan Cruz lo entrevistó para El País, aquí les presento la versión estenográfica:

Pregunta: Usted dice que los periodistas no siempre tienen la verdad.

Respuesta: No sabemos la verdad. Si el primer ministro de un país me cuenta una mentira, no sé que me está mintiendo. Y lo voy a escribir. Pero ahora hay una gran preocupación por la verdad.

Pregunta: Tras Watergate, los periodistas empezaron a preocuparse por las fuentes…

Respuesta: …siempre que las puedan identificar, eso es bueno, y siempre que se refieran a hechos que ellos conozcan… Tuve que echar a un periodista de The Washington Post porque puso en boca de Robert Kennedy algo que éste pudo haber dicho pero que jamás pronunció. ¡Mintió! No hay argumento contra eso. El director depende de sus fuentes de información. Un periodista es la fuente de un director, ¡y si al director le falla la fuente…!

Pregunta: Así que usted se siente optimista también sobre el periodismo y los periodistas.

Respuesta: No le quepa duda. ¿Qué sentido tiene la vida si uno no es optimista? Siempre lo he sido, y siempre he creído en la habilidad del cambio. Si alguien me dijera que el martes por la noche el mundo entero se va a ir al garete, pensaría también que habría que buscar una oportunidad para cambiar esto. Y el periodismo es un buen instrumento para cambiar las cosas.

Pregunta: “Nos hacemos periodistas por el deseo de arreglar las cosas torcidas”.

Respuesta: Sí, eso es mío; y dije también que no se puede ser cínico, que los periodistas no podemos ser cínicos… Y a lo mejor lo he sido. Cuando uno llega a mi edad ha escuchado tantas mentiras…

Pregunta: Su nombre se asocia a un momento dorado del periodismo. ¿Se acabó?

Respuesta: ¡Por supuesto que no! Éstos son momentos buenísimos para el periodismo. ¡Están ocurriendo tantas cosas! El acceso a la información es tan amplio. En los días de Roosevelt no teníamos ni idea de lo que estaba ocurriendo en el mundo. Hoy impresiona la cantidad y la calidad de reporteros que hay.

Con penas y glorias, Ben logró grabar con letras de oro una época histórica del periodismo no sólo en los Estados Unidos, si no en el mundo entero, haciendo derrocar a uno de los presidentes del país más poderoso del planeta. Sin embargo, lo que ayer fue glorioso, hoy ya no lo es, The Washington Post fue comprado con poco dinero, reflejo del escaso valor concedido al periódico en papel, por uno de los gurús del mundo digital que seguro que no comparte la opinión de Bradlee, por lamentable que esto sea.

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