Andrés, el payaso que cura

Por Pedro Venegas

Mientras colocaba el maquillaje en su rostro recordaba la imagen de aquella niña que había visto el día anterior, de ojos alegres a pesar de su enfermedad, una sonrisa breve que asemejaba a un sol a punto de amanecer, una pañoleta en la cabeza para tapar su calvicie, esa delgada pijama infantil que dejaba ver lo delgado de su cuerpo y ese toque tan cruel que da el cáncer a través de unas ojeras y un contorno oscuro que rodeaba su pequeños labios, como la hizo reír, como la hizo olvidar, aunque sea por un instante, que puede morir.

La historia de Andrés Aguilar es muy singular, desde muy pequeño tuvo el gran deseo de que los demás fueran felices a través de él, de las carcajadas que lograba obtener con muy poco, pero tenía que perfeccionarse por eso se fue al vecino país del norte a graduarse en 1996 en el Clown College of Circus Ringling Brothers and Barnum and Baileys, donde hizo sus pininos.

Así, igual que un bebé, fue dando sus primeros pasos e iniciándose en un mundo que sería lo más maravilloso en su vida, colaboró en el mismo circo en que estudió y confirmó que eso es lo que él quería ser, un payaso de verdad.

Sus compañeros payasos en ocasiones realizaban visitas a hospitales y orfanatos, esa idea le gusto. Uno a uno, fue recorriendo, junto con ellos, estos lugares de la Unión Americana, hasta que un día llegaron al nosocomio de Carolina del Norte, donde recibiría “la señal”, la gran señal de su vida.

Como si lo llevaran de la mano, llegó hasta una niña de ocho años que lo conmovió, desconocía que enfermedad tenía pero sintió la enorme necesidad de ayudarla. Rio con ella un buen rato hasta que la menor le preguntó qué hacía en ese lugar, a lo que Andrés contestó que era el nuevo dueño del hospital y que venía a mostrar el nuevo uniforme para todos los médicos, ella imaginó la escena, todos vestidos de payasos haciendo gracejadas y comenzó a reír.

Los padres de la niña observaban atentos cerca de ellos, al ver el diálogo con el payaso comenzaron a llorar, fue el momento en que la madre exclamó con fuerza “¡es un milagro!, ¡es un milagro!”. A lo que la menor espetó  “No mamá, es un payaso” con una sonrisa en su boquita.

De momento Andrés no entendió, la mamá de la menor se acercó a él y le explicó al oído: “Mi hija tuvo un accidente en donde sufrió varias quemaduras, desde entonces dejo de hablar hasta hoy en que surgió el milagro, el milagro que usted logró”, esa fue la señal que convirtió a Andrés Aguilar en “el payaso que cura”.

Tiempo después regresó a México para aplicar lo que había aprendido pero que había que desarrollar. Buscó pedagogos y psicólogos para que le ayudaran a entender cómo podía aplicar el tratamiento, por medio del cual la risa curara a la gente, porque ahora su meta no sólo eran los niños sino todos los enfermos en su camino.

Incluso su convocatoria se extendió, no sólo a payasos sino a todo aquel que con mucha voluntad, se pusiera la nariz roja y formara parte de lo que ahora se conoce como Risaterapia A.C.

Claro que Andrés no es el único que aplica este método, antes lo hizo aquel hombre que inmortalizo Robin Williams en la película de “Patch Adams”, el doctor Hunter Doherty, que además de médico, luchó por las causas sociales y escribió todas sus experiencias, las cuales han sido inspiración para muchos.

Patch tuvo la idea de realizar una revolución, pero obviamente sin violencia sino por medio de la unión y con acciones basadas en la risa y el amor por nuestros semejantes. Fue copiado en países como Holanda, España, Perú, Brasil, Argentina y México.

Para Andrés Aguilar esta forma de pensar cambió su vida, su idea es ayudar para curar o para que la muerte sea menos dolorosa, menos triste, sin un adiós con lágrimas. La aplicación de este método le dio la oportunidad de viajar a países como Kenia, en África,  donde le tocó vivir la guerra y llegar a un lugar que había pasado por un bombardeo, sangre, desolación, tristeza, fue lo que encontró, sin embargo, logró obtener varias sonrisas en aquellos rostros heridos.

También estuvo en Ecuador, cuando acababa de pasar por uno de los más grandes terremotos de su historia, igual que en Kenia, sólo encontró un lugar en escombros, donde la gente no tenía ánimos de nada.

Todo esto dejo en su mente una gran moraleja: “la felicidad es momentánea pero si tú quieres, siempre habrán muchos momentos de felicidad”, y claro, es un regalo para compartir, hasta que el corazón, por fin…  deje de latir.

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