Aquel embajador de dudoso oficio

Por Pedro Venegas

Del baúl de los recuerdos aquí les tengo una anécdota peculiar. Hace algunos años conocí a Miguel Basáñez en una reunión. Después lo vi en un par de ocasiones; no somos amigos y no creo que me recuerde. Pero fue nuestro embajador en Washington y el sábado anterior a su nombramiento comenté en una cena que lo veía como encuestador y académico prestigiado, pero no lo imaginaba representándome en el imperio estadounidense, los analistas políticos que ahí se encontraban, estuvieron de acuerdo.

Seguí la discusión sobre su nombramiento en los medios. Fue equilibrada –sin las pasiones que había despertado el affaire PRD-Morena o la designación de Beltrones en el PRI, de aquel entonces- y más bien aburrida: aplausos desde el oficialismo y críticas de la oposición y de parcelas de la Academia, más o menos a partes iguales. Un debate etéreo, para iniciados, que pronto se diluyó… pero que toca una fibra que interesa a todos los ciudadanos, no sólo a las instituciones.

Mi lectura hizo del hecho de que el Presidente Enrique Peña Nieto haya nombrado a un amigo y no a un diplomático de carrera o a un funcionario de alto nivel, es que la relación con Estados Unidos estaba, como ahora, en un nivel muy bajo, quizá preocupante. Vi en esto varios momentos, no necesariamente en orden cronológico: la expulsión de Carlos Pascual, la vacante de cinco meses en nuestra sede diplomática en Washington, la redefinición del mecanismo de cooperación para la lucha contra el crimen organizado, la presión para revalorar el TLCAN (como ahora), la exigencia de que México participe en misiones internacionales de paz, la preocupante asimetría económica con el vecino del norte, la fuga de “el Chapo” –en aquel momento- hoy ya capturado y extraditado a los Estados Unidos, entre otros.

Sin embargo, la compleja y fascinante historia de la relación México–Estados Unidos tiene momentos turbulentos en los que un presidente debió tomar decisiones fuera de la ortodoxia e incluso en contrapunto con los protocolos diplomáticos para atemperar las presiones y buscar caminos de solución (algo que no es bien vistos en las cancillerías). Un embajador no representa a su cancillería; su primera responsabilidad es mantener un canal de diálogo entre el presidente que lo nombró y el presidente del país huésped. Por ello en tiempos de relación ríspida los mandatarios pueden elegir recurrir a hombres de confianza no atados por los convencionalismos y aprovechados por el ceremonial diplomático, dejando de lado las opciones de personas formadas en el servicio exterior.

Algunos ejemplos. Para Abraham Lincoln la relación con México era lo más importante de la política exterior de la naciente Unión. En momentos turbulentos para ambos países, decidió que no fuera un diplomático quien llevara la representación de su gobierno al sur, sino su amigo y correligionario Thomas Corwin, cabeza de la oposición a la guerra con México. Gracias a él Lincoln pudo dar ayuda a Juárez en su lucha contra el Segundo Imperio.

Casi al mismo tiempo, el presidente confederado, Jefferson Davis, tuvo en México un enviado con la misión de explorar las posibilidades de una anexión en alianza con Francia al término de la guerra civil… y el triunfo sureño, claro.

Woodrow Wilson siguió el ejemplo y mandó a un experiodista, William Bayard Hale, y a un ex gobernador, John Lind, ambos de su círculo íntimo, a reportar sobre la situación durante la dictadura de Victoriano Huerta. Una consecuencia fue el retiro y desafuero del embajador Henry Lane Wilson, autor intelectual del asesinato de Francisco I. Madero y Pino Suárez.

Un episodio más cercano e ilustrativo fue el nombramiento de Josephus Daniels como embajador en México al inicio de la primera presidencia de Franklin D. Roosevelt. Daniels no hablaba español y era uno de los principales enemigos de los monopolios empresariales en su país. Como secretario de la Marina de Guerra en 1914 había organizado la invasión de Veracruz, por lo que en México se alzaron virulentas protestas por su nombramiento.

El presidente Abelardo Rodríguez expresó su inconformidad y sólo cuando el Secretario de Estado le mandó una nota personal asegurándole que se trataba de un “antiguo y confiable” amigo de Roosevelt, accedió al beneplácito.

Roosevelt llamaba “jefe” a Daniels y éste era de los pocos que tuteaban al quisquilloso presidente. Su encomienda principal fue velar por la aplicación de la “Doctrina del Buen Vecino” y en la secuela de la expropiación petrolera su cercanía con Roosevelt permitió encadenar a los “halcones” del Departamento de Estado y a las empresas petroleras que pujaban con todas sus fuerzas por una invasión. En más de una oportunidad el secretario Cordell Hull y el  subsecretario Sumner Welles se quejaron de que en México, Estados Unidos tenía que lidiar con un gobierno respondón y “con nuestro embajador”.

Un caso curioso porque fue en sentido inverso, fue el de Owen St. Clair O’Malley, el ministro inglés en la misma época, muy cercano y de todas las confianzas de Whitehall, pero de una torpeza tal que acabó por hacerse expulsar y provocó el rompimiento de las relaciones entre México y el Reino Unido.

El presidente Lázaro Cárdenas tuvo en Washington al médico, académico, escritor y diplomático Francisco Castillo Nájera, cercano amigo suyo y con relaciones privilegiadas en el gobierno de Estados Unidos, pero también un realista que al recibir la noticia del desenlace petrolero de parte de Jesús Silva Herzog padre, exclamó: “Ah chingaos… ¡Si hay expropiación, hay cañonazos”.

En este contexto, pensé que la misión de Miguel Basáñez sería buscar caminos para reparar una relación que, en mi opinión, estaba más allá de las posibilidades de una política exterior conservadora, medrosa y esclerosa que hace mucho tiempo había dejado de estar a la altura de los Castillo Nájera, los Estrada, los Bosques, los Martínez Corbalá o los García Robles.

Basáñez fue a rendir cuentas en Los Pinos, no en la Avenida Juárez. Si éste fue el ánimo del Presidente al nombrarlo, no se le debe escatimar un reconocimiento, sin embargo, el futuro de México ante un presidente como Donald Trump requiere de mucho tacto e inteligencia, convertir lo malo en bueno y la crisis en triunfo, recordemos a los niños detenidos y separados de sus padres, que tanta polémica ha despertado a nivel mundial.

El próximo gobierno de México habrá de requerir de mucha estrategia, solidez de argumentos y entereza en su actuación, no sabemos si tiene el expertis para ello y todo lo que se requiere porque no los hemos visto mucho en ese campo, y deberá sacar adelante las relaciones internacionales de nuestro país por el bien del comercio exterior, de la política migratoria, la seguridad y el combate al narcotráfico. En nombre sea de Dios.

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