Carpe diem

Por Pedro Venegas

Muy probablemente, estimado lector, conoce usted la locución latina Carpe diem que literalmente significa ‘toma el día’ o ‘aprovecha el momento’, que fue hecha famosa en la película “La Sociedad de los poetas muertos” y cuyo origen fue acuñado por el poeta romano Horacio, tal referencia sirve para el desarrollo de mi texto de esta ocasión en el que se da una amplia demostración de nuestro dicho. 

Mencionaré, aprovechando el momento (Carpe diem), a Ludwig Josef Johann Wittgenstein quien ha sido el más influyente filósofo del siglo XX, incluso hay quienes lo consideran el mayor pensador después de Emmanuel Kant. Este hombre singular  publicó en vida un solo libro… pero eso sí, el libro, el corpus definitorio, podríamos citarlo como el recipiente de las respuestas a todos los problemas de la filosofía.

Sin lugar a duda, tenemos aquí, en este personaje, una personalidad arrebatadora en el cosmos del sophós (es el nombre dado en la Grecia  clásica al que hacía profesión de enseñar la sabiduría) poblado por espíritus superiores de la iluminación. Figura de culto, despreciaba lo público e incluso construyó una cabaña aislada en Noruega para vivir en total reclusión.

Incluso su sexualidad era ambigua y probablemente fuera homosexual, aunque qué tan activo, aún es materia de especulaciones. Fue un niño brillante y tartamudo, vástago de una de las familias más acaudaladas del Imperio Austro-Húngaro.

La fatalidad se apoderó de su familia, sus tres hermanos mayores, Hans, Kurt y Rudolf, se suicidaron. Inicialmente se inclinó por la ingeniería aeronáutica y las matemáticas lo llevaron a la filosofía. Fue el más brillante alumno de Bertrand Russell. Se enlistó como voluntario en la Primera Guerra Mundial, peleó valerosamente en Rusia y en Italia y fue internado en un campo de concentración en Cassino.

A pesar de todo la suerte le sonrió, heredó una fortuna a la muerte de su padre y la regaló. Trabajó como ayudante de jardinero, maestro de primaria, autor de un diccionario para niños, portero de un hospital, escultor, técnico de laboratorio y arquitecto.

Fue un curioso curriculum vitae para un hombre que puso su huella en la ciencia “que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales”. Al repasar su vida, pienso que Ludwig no era de este mundo. Por lo menos no permitió que ninguna atadura social lastrara su inteligencia y sin miramientos se deshizo de prácticamente todas las convenciones para dedicar su tiempo a lo que consideraba trascendente. 

Es más, puedo asegurar que su alta como voluntario en el Ejército no fue originada en un sentido patriótico o patriotero, sino que tuvo una motivación originada en sus propias turbulencias espirituales, pues fueron precisamente los cuadernos que redactó en las trincheras –y que un enemigo generoso permitió fuesen enviados a su país antes de internarlo en un campo de concentración- la base de la única obra que publicó en vida, el Tractatus Logico-Philosophicus, en donde escribe que los problemas filosóficos surgen de equivocaciones de la lógica, de la lengua, e intenta demostrar lo que esa lógica es.   

Dejemos que uno de los estudiosos de la filosofía de Wittgenstein, Carlos Salinas, nos dé su punto de vista:

“El pensamiento de Wittgenstein gira en torno al lenguaje. En su primera época consideraba que el lenguaje se asemeja a un mapa de la realidad. Luego, las proposiciones (lo que se afirma, o se niega sobre cualquier hecho), tienen sentido si describen lo que está fuera. Obviamente aquellas proposiciones que no hablan de hechos, que no representan hechos, carecen de significación (por ejemplo afirmaciones de tipo religioso o metafísico). De aquí una conclusión radical: de lo que no se puede hablar, mejor callar. Esta tarea de limpieza de la filosofía es tan extrema que, fuera del discurso científico, no queda nada en pie.

“El lenguaje corriente es defectuoso, tiene muchas proposiciones que no indican nada concreto. El complicado lenguaje corriente -afirma en el Tractatus– no puede captarse en su aspecto lógico. Es sumamente complicado y disfraza el pensamiento de la misma manera que el vestido oculta el cuerpo. En consecuencia hay que buscar el esqueleto lógico que refleja la estructura de los objetos representados. De esta manera, y poco a poco, se puede ir construyendo un lenguaje ideal apto para la ciencia y la filosofía. En esto el quehacer filosófico tiene una tarea y una restricción: no se trata de ‘decir’ lo que es, o cómo es la realidad, sino un aclarar los enredos provocados por la manera que tenemos de simbolizar las cosas (es decir: el lenguaje). 

Lógico e ilógico a la vez, su preocupación con la perfección moral llevó a Wittgenstein en algún momento a confesar varios pecados, entre ellos, su curiosidad de haber inducido que se subestimara su judaísmo. Creo que Ludwig fue atormentado durante su vida por el problema religioso. Nieto de judíos conversos al protestantismo e hijo de una católica, fue bautizado en esta fe y su funeral sin embargo, fue católico, pero entre un momento y otro no fue ni creyente ni practicante.

Hubo en la vida de este hombre, como telón de fondo o música de acompañamiento, una espesa angustia vital que hoy apreciamos en su permanente fascinación con todo lo religioso, al grado de que en una época pensó en tomar los hábitos, aunque tampoco se pueda decir que se haya comprometido con alguna iglesia en particular.

Además, se oponía a las interpretaciones religiosas que enfatizan la doctrina o los argumentos filosóficos diseñados para probar la existencia de Dios, pero le atraían los rituales y símbolos religiosos. Equiparaba el ritual a un gesto, como cuando se besa una fotografía: no se cree que la persona en la fotografía sentirá el beso o lo corresponderá, ni el beso es similar de un sentimiento o frase en particular, como “Te amo”. Como el beso, la actividad religiosa expresa una actitud.

Significativamente los Wittgenstein eran una numerosa y acaudalada familia. Karl Wittgenstein fue el más exitoso empresario siderúrgico del Imperio Austro-Húngaro y su casa atraía a personalidades de la cultura, en particular a músicos, entre ellos el compositor Johannes Brahms, quien era amigo de la familia.

Gracias a su acaudalada situación económica, Ludwig estudió ingeniería en Berlín y en Manchester. Su interés en la ingeniería lo llevó a las matemáticas lo cual a su vez lo indujo a reflexionar en los problemas filosóficos de los fundamentos matemáticos. El filósofo y matemático Gottlob Frege le recomendó estudiar con Bertrand Russell en Cambridge, en donde impresionó tanto a Russell como a G. E. Moore. 

Los positivistas lógicos del Círculo de Viena (movimiento del que nunca se consideró miembro), esa escuela que tan grande influencia ha ejercido en el pensamiento occidental, se declararon impresionados por lo que encontraron en el Tractatusparticularmente la idea de que la lógica y las matemáticas son analíticas, el principio de la verificación, y la idea de que la filosofía es una actividad enfocada a la clarificación, no al descubrimiento de hechos. Wittgenstein dijo, sin embargo, que es lo que no está en el Tractatus lo que más importa.

En 1929 fue a Cambridge a enseñar en el Trinity College, y en 1939 fue nombrado ahí mismo profesor de filosofía. Después de la guerra volvió al magisterio universitario pero renunció a su cátedra en 1947 para concentrarse en su escritura, mucha de la cual llevó a cabo en Irlanda pues prefería lugares rurales y aislados para su trabajo.

Para 1949 había escrito todo el material que sería publicado después de su muerte con el título de Investigaciones filosóficas. Pasó los dos últimos años de su vida en Viena, Oxford y Cambridge, incluso se naturalizó británico,  y siguió trabajando hasta su muerte en abril de 1951. El producto de esos dos años fue publicado bajo el título “Sobre la certeza”. Sus últimas palabras fueron: “Díganles que he tenido una vida maravillosa”.

Esta fue la vida de un hombre que entendió perfectamente el significado de Carpe diem y así lo demostró.

P.D. Por cierto, la locución completa es Carpe diem memento mori, que significa “Aprovecha el día antes de morir” o “antes de que te llegue la muerte”.

 

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