Demian, la utopía de la vida

 

Por Pedro Venegas

Posiblemente al escuchar el nombre de Demian le recuerde por lo menos cuatro películas sobre el Anticristo, de una serie titulada La Profecía, sin embargo, la referencia que hoy nos trae a comentario nos lleva a uno de los libros más relevantes del siglo pasado.

Comenzaremos por explicar que Demian  es un nombre de origen griego que significa “Aquel que doma o somete”, contrario a su papel en las películas señaladas,  los rasgos que más definen a Demian (en la obra literaria) son su tranquilidad, responsabilidad y amabilidad. Pero en esta ocasión hablaremos del libro bautizado con este nombre.

Hermann Karl Hesse, autor de la obra literaria Demian: historia de la juventud de Emil Sinclair, es de origen alemán, nació el 2 de julio de 1877 en Calw, Baden-Wurtemberg y muere el 9 de agosto de 1962 a los 85 años de edad en Montagnola, Tesino, Suiza. Es autor de obras como: “El lobo estepario”, “Siddhartha”, “El juego de los abalorios”, “Bajo las ruedas” y “Narciso y Golmundo”.

Hesse publicó la novela Demian en 1919, luego de la Primera Guerra Mundial, con el seudónimo de Emil Sinclair. Es ciertamente la historia de una juventud que se declara abierta a un pensamiento poco común para esa época. Será a partir de la novena edición de este texto cuando aparecerá con el nombre real del autor, gracias a las pesquisas de un crítico literario que sospechó que el tal Emil Sinclair era Hermann Hesse.

Para ser más precisos tenemos que decir que se trata de una especie de autobiografía en la que Emil Sinclair es un niño que ha pasado toda su vida en lo que él llama el Scheinwelt (un mundo de ensueño o mundo de la luz), pero una mentira lo lleva a ampliar sus visiones del mundo y a conocer un personaje enigmático de nombre Max Demian que lo llevaría por los senderos del autorazonamiento destruyendo paradigmas (conjunto de unidades que pueden sustituir a otra en un mismo contexto porque cumplen la misma función) materialistas que antes lo rodeaban.

Debo aclarar que la intención de mi texto no tiene más afán que el de escudriñar en esta obra y rescatar una enseñanza para mi amable público lector, dar una aproximación a esta obra desde el aspecto filosófico, esencia de la que mucho tiene, y contribuir a mostrar la realidad del momento en que fue escrito. Y quizá, si me lo permite,  propiciar el deseo de leerlo.

Para algunos analistas de la obra, ésta es el redescubrimiento y triunfo del espíritu, su bonanza nos permite pensar y sentir por medio del lado puro, del lado de la bondad. Sin embargo, recordemos que el espíritu del ser humano siempre ha tratado de expresarse, ya sea a través de ideas colectivas o religiosas, y que es en la minoría de los casos, por el logro de la conciencia individual a través de la ética, filosofía permanente en nuestras vidas con su constante conflicto sobre el bien y el mal.

Para muchos, es más sencillo actuar sin conciencia, tener que pensar que nuestros actos puedan ocasionar un conflicto o un daño a otro o a otros nos hace la vida más difícil, por ello es más sencillo no tener cognición de nuestros actos. 

Por el contrario, considero que el gran acierto de Hesse en esta novela es el reivindicar el valor de la filosofía a la manera clásica, sin ataduras a dogmas o intereses, entendiendo la filosofía tal como se concebía en la antigüedad, como la búsqueda de la sabiduría, pero una búsqueda activa, vivida y no solo pensada, intuida o soñada. En la preferencia de actuar sin destruir.

Es más, considero que es la necesidad de llevar los sueños-ideas-intuiciones a la práctica; frases tales como “piensas demasiado”, “sigue tus sueños”, “noté una fuerza en mí” y otras similares aparecen en boca de los cuatro personajes del libro –Demian, Pistorius, Frau Eva y el propio Sinclair–, que nos lleva principalmente a la formación filosófica, o a la conciencia individual del protagonista.

Recordemos que fue escrita la obra en 1919 y había otro tipo de pensamiento, redactada tras la Primera Guerra Mundial, se hizo patente el fracaso de los sistemas porque apenas nacían, tanto políticos como religiosos, quedando el individuo, cada uno de nosotros, solos ante sí mismo, a resguardo de nuestra conciencia.

La intención fundamental en primera instancia es responder los grandes cuestionamientos del ser: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? Encontrar la respuesta a cada una de ellas podría ayudarnos a entender el sentido de nuestra vida.

No los quiero enredar ni confundir pero recordemos que la filosofía, en términos simples, es el conjunto de reflexiones sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, especialmente sobre el hombre y el universo, y por ello puede ser un tanto compleja.

En este sentido, ciertamente Sinclair buscó lo eterno, pero lo eterno, simple y sencillamente en uno mismo, es decir, podemos fallecer, morir, dejar de existir pero todo lo que hicimos, todos nuestros afectos, nuestros seres queridos, compañeros y amigos, todos se quedan con algo de nuestra esencia, con ello trascendemos, nos hacemos eternos.

Esa fuerza, lo cándido de nuestro ser, la achaca a un impulso natural que hace que todo ser humano se busque, y en ese sentido lo haga a sí mismo, lo elemental es aprender de las experiencias, es una fuerza que está inscrita en la condición humana y que lleva al hombre a superarse conscientemente, a través de su voluntad y de su inteligencia.

El punto de partida y de llegada de todo está dentro del propio ser humano: lo que nos pasa en nuestro interior se refleja en nuestro exterior. Reflexiones sobre el hecho de que la felicidad no es un propósito es una decisión, tú decides ser feliz.

El autor plantea la existencia de dos mundos: el luminoso y el  oscuro: la vida no es blanco o negro, luz o sombras; es blanco negro, luz y sombras a la vez. Viviendo en el lado luminoso, el niño Sinclair tiene fascinación por lo prohibido. Abraxas será la clave que lo llevará a no pensar simplistamente en blanco o negro. (Abraxas es una antigua representación del cristianismo gnóstico).

La infancia es el refugio en el seno del hogar, estar a la sombra protectora de los padres (de alguien o de algo). Corresponde a una etapa de nuestra evolución pero, por comodidad y miedo a asumir nuestros propios compromisos, nos refugiamos en ella. Allí las cosas son claras, luminosas… pero no podemos evitar la atracción de la aventura hacia lo oscuro.

La madurez es ser responsables de nuestros actos sobre la base de nuestra conciencia individual y no a lo que dicten las normas al uso, es ser, como dijo Nelson Mandela, arquitectos de nuestro propio destino, capitán de nuestro barco.

La novela comienza con la muerte de la infancia y termina con la muerte de la juventud. La muerte es el tránsito de un estado infantil, que nos empeñamos en mantener artificialmente dejándonos llevar por lo que hace la mayoría, a un estado superior, dando nacimiento a nuevas fuerzas y potencialidades que hay en nosotros.

Dentro de la obra se destaca que la infancia es el paraíso utópico del pasado del cual no queremos movernos; la madurez es lanzarnos de lleno y sin miedo a la vida y al futuro. Muerte es dejar extinguir lo que ya no nos sirve como seres que evolucionamos, dando nacimiento a aquellas fuerzas naturales que pugnan por surgir.

Nos habla también del destino, y éste según el autor: aparece magníficamente reflejado en la figura heráldica que hay en el umbral de la casa de Sinclair: un gavilán dorado que surge de un gran huevo, sobre un fondo azul marino. El pájaro rompe el cascarón. El cascarón, obviamente, es el mundo. Quien quiera nacer tiene que destruir el mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios se llama Abraxas. Tal es la nota que le deja Demian a Sinclair marcándole su camino inexorable como ser humano.

La aparición de un guía o maestro que te ayuda a encontrarte a ti mismo, empujándote a avanzar y dando respuestas a tus inquietudes. Es Demian, el cual cambiará la vida de Sinclair y, al final, este reconocerá que es uno y el mismo que su “guía y amigo”, pues ambos son la misma cosa, la misma vivencia y conocimiento.

Una importante reflexión de este libro es entender que: “Nadie puede luchar por ti. Cada uno ha de realizar sus propias experiencias”.

En este sentido, debemos de entender que para alcanzar lo superior, la sabiduría, hay que haber superado lo inferior, pasar las pruebas de caer en lo más profundo del lado oscuro. Como diría Nietzche: «Lo que no me destruye me hace más fuerte». La necesidad de tener nuestras propias experiencias, por duras que nos parezcan.

El libro nos ayuda a entender que la casualidad no existe. Todo en la naturaleza está íntimamente conectado. Cuando llega el momento adecuado, se nos presentan oportunidades y depende de nosotros aprovecharlas o no. La mayoría de las oportunidades las perdemos porque tenemos miedo a enfrentarnos a nosotros mismos.

Analizar todo el libro nos llevaría a por lo menos tres entregas (textos) como este, sin embargo, considero que lo logrado en esta ocasión es relevante, la esencia del mensaje, lo demás se lo dejo a usted amable lector, ya sea que quiera leer el libro o por lo menos meditar lo que aquí se ha dicho. Para bien o para mal, usted elige.

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