El caso Kennedy, una verdad a medias

 

Por Pedro Venegas

Un nuevo capítulo del expediente que guarda celosamente los pormenores del homicidio del ex presidente John F. Kennedy se inicia en la administración de Donald Trump, se pone en manos de todos la posibilidad de analizar los documentos y deducir, en el mejor de los casos, por donde se planeó y ejecutó el complot presidencial. Casi 44 años después, las enormes dudas se resisten a abandonar la secrecía del crimen que hizo temblar el Siglo XX.

La Casa Blanca autorizó la publicación de dos mil 891 informes confidenciales, pero impidió que otros 200 vieran la luz, los más confidenciales al parecer. Considerados el núcleo oscuro de las pesquisas, estos expedientes serán sometidos a evaluación en los próximos seis meses y, excepto aquellos que supongan un riesgo para la seguridad nacional, se harán públicos antes del 27 de abril del próximo año.

La ley de 1992 que los protegía expiraba el jueves 26 de octubre de este año y el mismo presidente había anunciado que se permitiría su publicación.  Pero se sabía que la CIA estaba presionando para limitar su salida y censurarlos ahí donde viese en peligro sus intereses.

Aunque a lo largo de los años se han liberado 318.000 documentos relacionados con el caso (11 por ciento de ellos censurados), siempre ha quedado la duda sobre la actuación de la CIA. En plena Guerra Fría, la agencia se había implicado hasta el tuétano en operaciones de desestabilización exterior. Cuba y los movimientos marxistas latinoamericanos eran uno de sus principales objetivos.

Los norteamericanos de aquel tiempo formaban amplios sectores de la CIA, radicalizados, fanáticos, racistas y volcados en oscuras conspiraciones, odiaban a Kennedy por lo que consideraban una relajación del cerco a Cuba tras el fracasado intento de invasión de Bahía Cochinos y la crisis de los misiles.

El asesinato el 22 de noviembre de 1963 del presidente Kennedy abrió una herida que jamás se ha cerrado y no sólo para los Estados Unidos, para el mundo entero. El magnicidio fue atribuido oficialmente a Lee Harvey Oswald, un desequilibrado ex marine que llegó a vivir y casarse en la Unión Soviética. Pero la dimensión del crimen y la casi inmediata muerte de su autor a manos del mafioso Jack Ruby han abonado todo tipo de teorías.

Pero el intento de conocer la verdad no comienza hoy, John R. Tunheim un juez federal de Estados Unidos encabezó entre 1994 y 1998 un comité independiente para examinar la posible publicación de los documentos oficiales sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, muy probablemente podemos agradecerle que hoy se abran.

De acuerdo al juez Tunheim, la CIA y el Departamento de Estado lo convencieron de que no se desclasificaran los documentos secretos, ante el temor de que lo que ahí se revelaba ponía en serio riesgo al gobierno mexicano de aquel tiempo. La preocupación era que en esos documentos –que el jueves 26 de octubre ya fueron desclasificados por órdenes de Donald Trump- se exhibían las relaciones de estrecha colaboración en los servicios de inteligencia entre el gobierno mexicano y la CIA.

Sin embargo, los mexicanos tenemos nuestra propia historia de la CIA en México. El columnista Manuel Buendía, del periódico Excélsior, publicó en su columna Red Privada mucha información sobre el tema y logró revelar los nombres de jefes de la estación en México y antes de morir (30 de mayo de 1984) las recopiló en el libro La CIA en México. Aunque podemos señalar que se trató de un esfuerzo periodístico, no analítico. La presencia de la CIA en México fue más allá de los nombres de presuntos agentes incrustados en el gobierno, incluyendo a los expresidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez.

Un dato peculiar en los archivos del expediente Kennedy por el cual permanecieron cerrados, fue que las revelaciones contenidas en el expediente hicieran caer al gobierno mexicano y tambalear al de Estados Unidos, que se encontraban en el poder en ese momento.

La historia es que, dentro de las investigaciones a la vida de Lee Harvey Oswald, se encontró que el presunto asesino solitario del presidente Kennedy vino en septiembre de 1963 a México, dos meses antes del cometer el magnicidio.

Y que gracias a la estrecha colaboración con el gobierno mexicano, entonces con Adolfo López Mateos como presidente y Gustavo Díaz Ordaz como secretario de Gobernación, los norteamericanos pudieron conocer que Oswald también visitó las embajadas de Cuba y de la Unión Soviética.

Ello llevo a los investigadores a tener enormes sospechas de que México habría sido el territorio en donde los cubanos y los rusos podrían haberle propuesto a Oswald la consumación del asesinato. Y esa información solo pudo conocerla el gobierno norteamericano gracias a la estrecha colaboración que se tenía en los 60 y los 70 con los gobiernos de México.

Esta situación me da la pauta para explicar la vinculación entre la CIA y  el gobierno de México en aquellos tiempos y comienzo por aclarar que si los investigadores que indagaban el caso hubieran leído el libro Inside The Company: CIA Diary, publicado por Philip Agee, un agente de la CIA adscrito a México de 1957 a 1969, quien después de 30 años de servicios desertó al testificar lo que denunció como los horrores en la matanza de Tlalteloco de la que formó parte.

En ese controvertido libro se habrían encontrado que los políticos mexicanos siempre fueron muy obsequiosos con Estados Unidos y con la CIA. Tanto que dos presidentes, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, son denunciados en el libro de Agee como agentes encubiertos del llamado Proyecto Litempo de la CIA. Ambos con claves para reportar sus operaciones y recibir informes confidenciales. Díaz Ordaz era Litempo 8 y Echeverría era Litempo 14. Otro de los agentes Litempo fue Fernando Gutiérrez Barrios, identificado por la CIA como Litempo 4.

Por eso hay que analizar detalladamente esos vínculos Kennedy- Oswald- la CIA en México. Quizás al analizarlos descubramos entre líneas mucho más de lo que a simple vista se verá.

Cabe recordar que Philip Agee, en el 2008, en La Habana, Cuba, murió a los 72 años de edad. Siendo agente de la CIA en 1974 publicó sin censura el libro antes citado para revelar las trapacerías de la agencia de espionaje en América Latina y el mundo. Luego se decepcionó del capitalismo y huyó al socialismo soviético. Al caer la URSS.

La muerte de Agee pasó sin pena ni gloria. Sucumbió ante la seducción del socialismo, renunció a la CIA pero no se refugió en la URSS. A la caída del Muro de Berlín, se le terminó su sueño. No tuvo más lugar que Cuba, aunque ya sin participaciones activas.

Es importante señalar que Agee fue un agente de campo, no un estratega. Le tocó más bien operar acciones de desestabilización como la noche de Tlatelolco. A pesar de su ideología, Agee cumplió con su deber y en  Uruguay ayudó a entrenar a los militares fascistas y en México combatió a la izquierda socialista con vinculaciones con Cuba, entre otras cosas.

El jefe de la estación de la CIA en México en esos años fue Winston Scott, quien logró meterse en la vida social mexicana. La CIA había aterrizado en México en 1956, con Scott como jefe de la estación. Incluso se casó en México con otra agente de la CIA y logró que uno de sus testigos fuera el entonces presidente Adolfo López Mateos y que a la ceremonia asistieran Luis Echeverría y Gustavo Díaz Ordaz.

La CIA nació de los rescoldos de la OSS –Office of Strategic Service (OSS), la agencia de espionaje de la segunda guerra mundial– en 1946, pero como Central Intelligence Group. En 1950 se transformó en una oficina de inteligencia formal y como CIA se fundó en octubre de 1950, hecho delatado por el periodista Manuel Buendía, quien publicó incluso la dirección de sus oficinas.

Como dato curioso tengo que señalar que la OSS asesoró a México para la creación de la Dirección Federal de Seguridad, que a su vez había ido evolucionando de oficina de investigaciones políticas del Estado.

La CIA fue un instrumento de la guerra fría en México. Apadrinó a los servicios de la policía política mexicana, aunque curiosamente en su libro Agee no menciona a nadie más que a Díaz Ordaz y Echeverría. Sin embargo, en su libro también recoge sus dudas sobre el radicalismo progresista de Echeverría en su presidencia y se pregunta: “¿Echeverría rompió con la CIA?” Esto hace parece que Agee no entendió el juego de poder de Scott.

La Dirección Federal de Seguridad, encabezada por Fernando Gutiérrez Barrios en Gobernación y el aparato político mantuvo buenas relaciones con la CIA hasta 1970 porque mantenían los mismos intereses definidos por la guerra fría: contener el comunismo, enfrentar a la URSS y frenar la influencia de Cuba. Pero en 1970 llegó a la presidencia de México  Luis Echeverría. Sus primeros meses fueron avalados por Washington. Inclusive, Echeverría expulsó a funcionarios de la embajada de la URSS bajo el cargo de ser espías de la KGB. Pero llegó la ruptura. Echeverría se alejó de EU. Y ahí terminó la relación con la CIA.

En 1975, adicionalmente, Echeverría cambió las reglas de la política para la sucesión presidencial. El sucesor ya no saldría de Gobernación –donde llevaban la relación directa con la CIA– sino del sector económico. La CIA reaccionó tarde y esperó hasta el colapso de 1982 para destinar un equipo de agentes para analizar la severa crisis mexicana.

En México, las oficinas de inteligencia salieron ganadoras de la lucha contra la disidencia, la izquierda quedó derrotada, Cuba prefirió un entendimiento con Fernando Gutiérrez Barrios (quien además de dirigir la DFS ayudó a Fidel Castro a consumar la Revolución cubana), la KGB y la URSS aprovecharon la doctrina progresista de Echeverría para meterse en México y el narcotráfico se convirtió en el nuevo poder.

La Federal de Seguridad y la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales abandonaron las tareas políticas y quedaron a la deriva. Los policías profesionales se agotaron con la represión y los nuevos  prefirieron pactar con el narco.

A finales de 1976 llegó a la presidencia José López Portillo y le siguió Miguel De la Madrid. Los dos se alejaron del mundo del espionaje. Gutiérrez Barrios quedó anulado en la Subsecretaría de Gobernación. Y la Federal de Seguridad quedó sin poder. Hacia 1982 arribó a la DFS José Antonio Zorrilla Pérez, un político que había sido secretario particular de Gutiérrez Barrios. La DFS se salió de la vigilancia política y pactó con el narco, entonces,  las fugas de información de la CIA en México a la prensa irritaron a la agencia de espionaje y usó ese argumento para cerrar sus relaciones con la DFS quien intentó detener este quebranto con el homicidio de Manuel Buendía, delator de la CIA en México.

La situación cambió y en 1981, con la llegada de Ronald Reagan y su doctrina de seguridad nacional ideológica contra la URSS pusieron a México en la mira. La CIA dejó de tener cualquier colaboración con México y comenzó a atacar al país.

En el periodo de 1981-1985, el agente de la DEA Enrique Camarena Salazar fue secuestrado, torturado y asesinado por narcos (léase Rafael Caro Quintero) protegidos por agentes de la Federal de Seguridad, otrora refugio de la CIA. Los dos asuntos fueron aderezados con una ofensiva política de los EU para vender la idea de que México había sido sumado a la órbita de la URSS y la KGB.

En 1985 apareció un amplio reportaje en el  The New York Times , escrito por el reportero Robert Lindsey, experto en seguridad y espía de la CIA, para denunciar que la KGB había penetrado México. Con base en ese texto, el embajador John Gavin denunció que policías políticos mexicanos estaban al servicio del narco y de la URSS.

José Antonio Zorrilla Pérez, el director de la DFS que se había alejado de la CIA y que había traído agentes de la KGB a capacitar a los mexicanos, fue obligado a renunciar y terminó en la cárcel por el homicidio del columnista Manuel Buendía.

En 1985 ocurrió la ruptura definitiva de la CIA con México, cuando el embajador John Gavin logró la destitución y encarcelamiento del director de la Federal de Seguridad, la oficina encargada de las relaciones con la CIA.

Después de 1985 la CIA perdió contacto real con México. El Centro de Investigación y Seguridad Nacional nació como dirección a mediados de 1985 y se nutrió de los escombros de la DFS, pero ya sin contactos profesionales. El Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) y Gobernación mantienen hasta la fecha relaciones formales con la CIA, pero ya no de dependencia como en el pasado.

No dudo que México haya sido la sede de la reunión entre Lee Harvey Oswald y representantes de Rusia y Cuba, quienes planearon la operatividad del asesinato, pero tampoco puedo evitar pensar que el autor intelectual del homicidio del ex presidente John F. Kennedy se encontraba mucho más cerca de lo que creen los estadounidenses, tan cerca como en Langley, Virginia, a pocos kilómetros de la capital estadounidense, ubicada en Washington D.C.

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