El consentido de Dios y su recuerdo

Por Pedro Venegas

Este pasado 2 de septiembre se cumplieron 45 años de la muerte de J.R.R. (John Ronald Reuel) Tolkien, El consentido de Dios, como muchos lo conocían. Fue un novelista de amplia cultura, quien nació cerca del año 1890 en África del Sur. Sus más importantes obras fueron tres novelas, hoy en día reconocidas ampliamente por las películas que se hicieron de ellas con la saga de “El Señor de los Anillos”.

La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, una locura, ilegible. Un escritor sólo comparable con James Joyce, D. H. Lawrence, Ezra Weston Loomis  Pound y Thomas Stearns Eliot.

Repito, es un escritor, cuya referencia es su natalicio muy próximo a 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el despojo y la fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Un escritor que mezcló porciones de literatura antigua en su propia obra maestra, incorporándolas magistralmente conforme avanzaba. Un escritor, perteneciente a la generación que nació a los alrededores de 1890, se declaró monárquico y católico.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo. Y si son un poco mayores a mi edad y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el graffiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto. Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf que nadie en el mundo. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en cuyas trincheras estuvo a punto de perder la vida. Anegado en el lodo sanguinolento, y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”.

En nuestros tiempos, la referencia doméstica se hizo gracias a Hollywood con sus peliculas.  Me asombra que haya sido hasta fines de los 80 que encontré en mi propio país, mi México, con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus semejanzas y discrepancias con Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera traviesa que se consigna al inicio de este texto.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico, Tolkien, “El consentido de Dios”. De él se dice que era aburrido en una sociedad que no lo entendía y un siglo de tensiones, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces. Pero la obra de este impasible inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Incluso la periodista Jenny Turner en su artículo “Como no amar a Tolkien” confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del alma de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”, afirmó Turner.

Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas opiniones durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y aunque me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre, una cultura de masas, a pesar de que Ortega y Gasset ya no pueda ser pronunciado ni por los alumnos de Comunicación. No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil. El Hobbit (publicada en 1937) me encontró en una librería del extranjero donde la vida me llevó a trabajar y lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de regreso a México. En el aeropuerto comencé la lectura y a la mitad del vuelo lamenté no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (obra escrita en 1954).

Tuve por instantes una mirada crítica que descubrió inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa, y ya que de utopías hablamos, sacaría del mercado la horrenda traducción de Taurus con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor.

Pero como dicen los sajones, al final del día lo que me queda es una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor. La leo y la releo; sé de memoria pasajes enteros; y cada vez que la visito descubro en ella algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas, lo que lo hace excepcional.

¿Y quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor? John Ronald Reuel Tolkien, quien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. A ese país habían emigrado sus padres en busca de fortuna, y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte del padre en 1896, la madre regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre de Tolkien es un personaje fascinante por derecho propio y estoy convencido de que su personalidad impregna a los espíritus sutiles y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R. Antes de casarse con Arthur Tolkien a los 21 años había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África e increíblemente, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum? Pues en Sudáfrica el niño Tolkien tuvo experiencias memorables: un encuentro con una peluda y colorida tarántula, que lo picó, y una experiencia más con una serpiente.

Tuvo aventuras tan raras como la de aquel sirviente de la familia que “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar. Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de tema que nos ocupa. Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey), con El Silmarilion integran un mundo abierto a quien desee pedir la ciudadanía del país con mayor gozo, que es la tierra de la imaginación.

 Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo o consentido de Dios” y sin duda, el escritor lo fue.

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