El Dragón de la Democracia

Por Pedro Venegas

Hay mentes que no se doblegan, que nunca se rinden, que cuando callan su silencio se vuelve grito y su inmovilidad una revolución, ese es el caso de Liu Xiaobo, disidente del gobierno oriental, quien fue un intelectual, crítico de la literatura china, escritor y activista a favor de los Derechos Humanos, quien falleció el pasado 13 de julio, a los 61 años de edad, víctima de un cáncer de hígado. Murió custodiado por la policía de su país natal, China.

El también Premio Nobel de la Paz (galardonado el 8 de octubre de 2010) nació en Changchun, República Popular China, el 28 de diciembre de 1955, durante su lucha prefirió siempre la democracia a la libertad, la tortura a la comodidad de un acuerdo con el gobierno de su país, héroe de muchos, para la comunidad internacional principalmente, y odiado por sus detractores.

Los últimos nueve años de su vida los paso en la cárcel, encerrado en una pequeña celda que mostraba el desgaste del tiempo, mugre y raspones, y en la pared, tallada (en chino) la palabra “democracia”.

Siempre luciendo su cabello corto, a un centímetro de largo, sus ojos rasgados y sus singulares gafas que lo hacían ver más intelectual, era un hombre tranquilo, estoico, de breve sonrisa y caminar ligero,  delgado como la mayoría de los de su raza, sencillo, sin mayor problema pero de firmes convicciones. Siempre se le veía leyendo.

Como estudiante Liu Xiaobo ingresó a estudiar literatura en la Universidad de Jilin, donde creó el club de poesía “Los Corazones Inocentes”. Estudió un posgrado en literatura en la Universidad Normal de Pekín, donde más tarde fue profesor.

Xiaobo tuvo que luchar contra la ideología obstinada de un gobierno que, a pesar de su desarrollo y sus grandes avances como potencia económica mundial, viven, en pleno Siglo XXI, en la opresión y la injusticia.

Luego de largos años de lucha, de oratoria, de innumerables textos en contra de la injusticia, en 2009, el gobierno lo condenó a 11 años de prisión por haber publicado escritos contra el Partido Comunista de China y haber firmado en 2008 un manifiesto en el que exigía reformas democráticas para su país, donde pedía la paz y la libertad para todos.

Uno de sus escritos más significativos fue La Carta 08, como fue conocida, era un texto inspirado en La Carta 77 de los checoslovacos, en la cual se pronunciaron contra el gobierno comunista. La misiva firmada por 303 personas exigía el reconocimiento de la libertad, la igualdad y los derechos humanos como valor universal; la división de poderes, y que el Judicial fuera independiente, y mayor libertad en la distribución y la recepción de información.

La pureza de corazón de Liu Xiaobo puede notarse en sus palabras, dichas durante su defensa:

“No tengo enemigos ni odio. Ninguno de los policías que me vigilaron, detuvieron o interrogaron lo merecen, ninguno de los fiscales que presentaron cargos contra mí, ni ninguno de los jueces que me juzgaron como su enemigo. El odio que pude pudrir y deshacer con la inteligencia y la conciencia de una persona recta. La mentalidad de ver que enemigos envenenarán el espíritu de una nación, que incitará a luchas, crueles y mortales, que destruyera la conciencia de la humanidad y a la tolerancia de una sociedad libre y perjudicará el progreso de una nación en busca de la libertad y la democracia. Por eso espero poder trascender mis experiencias personales al mirar el desarrollo y el cambio social, contrarrestar la hostilidad del régimen con la mejor de las buenas voluntades, y dispensar el odio mediante el más importante de los argumentos: el amor”.

Desde joven fue inquieto, tanto que a los 34 años de edad, en 1989, inició su activismo político. En abril de ese mismo año dejó su plaza como profesor residente en la Universidad de Columbia, en los Estados Unidos, y regresó a China para unirse a los manifestantes de la Plaza de Tlananmén.  Fue preso por primera vez de 1989 a 1991 y luego de 1995 a 1996.

Representativamente, organizó una huelga de hambre en favor de los estudiantes. Cuando la ley marcial estaba por implantarse negoció con los militares un acuerdo para que sus alumnos pudieran regresar ilesos a sus centros de estudios. Fueron los jóvenes, recordaría más tarde, los que se negaron a abandonar la plaza. A ellos, a los caídos en la Plaza de Tlananmén, fueron a los que les dedicaría, en 2010, el galardón de la paz.

Irremediablemente, dos años después de aquella masacre, cuyo número de muertos se desconoce, Liu fue condenado a tres años de prisión por “incitación y propósitos contrarrevolucionarios”. Sería la primera de una larga travesía entre juzgados y las prisiones chinas.

Aunque tuvo diversas oportunidades para dejar Pekín, temía que disminuyeran sus seguidores y perdiera su fuerza fuera de su país. Finalmente fue ahí donde murió el único hombre que, según sus admiradores “se atrevió a contar la verdad sobre la tiranía china”.

¿Cómo se puede usar toda una vida en una lucha ajena? Sin beneficio personal, pensando sólo en el bien común, en la democracia por encima de la libertad, años y años de prisión, con un solo objetivo: cambiar al mundo o por lo menos a su país con amor. Descanse en paz Liu Xiaobo, el Dragón de la Democracia.

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