El maestro desde Macondo

Por Pedro Venegas

“Los cien años de Macondo suenan, suenan en el aire.

Y los años de Gabriel trompetan, trompeteando anuncian.

Y encadenado Macondo sueña con José Arcadio.

Y aunque la vida pasa siendo remolino de recuerdos…”

 

Del peruano Daniel Camino Diez-Canseco

A propósito de la Semana Santa, que ya pasó pero que al modificarse cada año su remembranza tiene diferente fecha para su festividad, para ser más precisos el 17 de abril se conmemora ya cuatro años del fallecimiento del maestro, del ilustre, del bien recordado Gabriel García Márquez.

Recordemos que igual que Úrsula Iguarán, la matriarca protagonista de “Cien años de soledad”, murió el Gabo un Jueves Santo aunque él a los 87 años de edad, y no a los 115  o 122 que tenía su mítico personaje inspirado en su abuela, Tranquilina Iguarán Cotés.

A media tarde de aquel Jueves Santo se apagó la vida de García Márquez y comenzó el lento proceso de su canonización literaria. La enorme fila de lectores encendió la vela del desconsuelo. Sus viudas (amigos y parientes) no dejaron de llorar por días. La luz de su chispa se apagó, Macondo finalmente lo recibió.

El final fue lento, después de estar ocho días internado en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas Salvador Zubirán y 10 días de convalecer en su casa del Pedregal de San Ángel, bajo estricto cuidado médico, el Nobel de Literatura 1982 dejó de existir hacia las 14:38 horas.

Sin lugar a duda, la noticia de la muerte del autor de “Doce cuentos peregrinos”, quien vivía en México desde 1961, conmovió al mundo de las letras cuando se leyó en un twitter “Deja de latir el corazón de Gabriel García Márquez”. Para agregar, a las 14:46 horas: “Muere Gabriel García Márquez. Qué tristeza tan profunda…”

Gabriel José de la Concordia García Márquez, su nombre original, fue  escritor, guionista, editor y periodista. Nació en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de 1927  y falleció en la Ciudad de México, el 17 de abril de 2014.

Hijo de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, siempre fue sobresaliente, por lo menos en lo de escribir que si se le daba, fue merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1982.​ Fue conocido familiarmente y por sus amigos como Gabito  (hipocorístico guajiro de Gabriel), o por su apócope Gabo.

Eterno periodista, escritor y editor, Gabo tuvo el gesto de morir a una hora apropiada para las ediciones del día siguiente, como lo hicieran Marcel Proust y Walt Whitman, aunque supongo que hubiera preferido evaporarse y transformarse en una neblina amnésica para no transitar el camino de Cortázar, de quien escribió con aprecio: “si los muertos se mueren, debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios”.

Curiosamente aquel día, el Viernes Santo aparecieron los diarios con extensas crónicas –algunas bastante buenas- en reseña de la vida y obra del macondense mientras que en la radio y la televisión los críticos y analistas se disputaban el espacio para compartir experiencias, anécdotas y vivencias al lado de quien ya no podía defenderse.

En sus inicios tuvo la influencia de grandes escritores, joven todavía, al asociarse al grupo de Barranquilla, García Márquez comenzó a leer la obra de Ernest Hemingway, James Joyce, Virginia Woolf y, más importante, de William Faulkner de quien recibe una trascendente influencia reconocida explícitamente por él mismo cuando en su discurso de recepción del premio Nobel menciona: “mi maestro William Faulkner”.

Está relacionado de manera inherente con el realismo mágico  y su obra más conocida, la novela inmortal “Cien años de soledad”, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario e incluso se considera que por el éxito de la novela es que tal término (el realismo mágico) se aplica a la literatura surgida a partir de los años 1960 en América Latina.

Gabo comenzó su carrera como periodista mientras estudiaba derecho en la universidad. En 1948 y 1949 escribió para el diario El Universal  de Cartagena. Desde 1950 hasta 1952, escribió una “caprichosa” columna con  el seudónimo de “Septimus” para el periódico local El   Heraldo de Barranquilla.

​Como parte de sus homenajes en vida, en 2007, la Real Academia Española  y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos.

Supo dejar huella en todo el mundo, fue famoso tanto por su genialidad como escritor como por su postura política.​ Su amistad con el líder cubano Fidel Castro fue bastante conocida en el mundo literario y político. ​

Creo que al escribir esto sobre el Cronopio, como definiría el escritor argentino Julio Cortazar a su amigo: “Un cronopio es un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”, García Márquez pensaba eso de sí mismo y no más.

Desde luego se anunció con la prontitud del caso el indispensable homenaje en Bellas Artes que, imagino, su familia no tuvo más remedio que aceptar. Los declarantes profesionales pergeñando la sentencia en que se convertiría el encabezado o el bite más recordado. Hasta yo mismo (a cuatro años de su muerte),  estoy aquí para reclamar mi cachito de Gabo, como si se tratase de un muro de Berlín literario.

Narra una historia declarada de boca en boca de periodistas, que en una conversación con Edmundo Valadés, éste confesó con gran remordimiento que cuando García Márquez era un total desconocido quiso publicar en El Cuento fragmentos de “Los funerales de la Mamá Grande” y Edmundo no aceptó, pues pensaba que de alguna manera ofendía el sentimiento religioso del pueblo. “¡Imagínate!”, exclamó entre güisquis, “¡yo hubiera sido el primero en publicarlo en México!” Pero no fue así y la Editora de la Universidad Veracruzana, cuando era lo que fue, tuvo el honor de sacar a luz el libro… cuyos derechos perdió años después.

Ya famoso el colombiano, coincidió con Valadés en una comida en Cuernavaca, creo que en casa de Ricardo Garibay. Al saludar al de Guaymas le dijo muy serio: “Veo que ha publicado usted un texto mío en El Cuento y Carmen lo anda buscando por aquello de los derechos”. Valadés sintió la muerte chiquita. ¡La feroz Balcells lo tenía en la mira! Estaba a punto de perder el sentido cuando se dio cuenta de que García Márquez estaba bromeando. Dicen que siempre se tuvieron aprecio.

Esta es mi aportación al tsunami memorioso que ya nos arrastra. La completo con la que escribí justo hace un año, en ocasión del cumple de Gabo. Cierro el capítulo y me pongo a releer “Cien años de soledad”.

Decían los diarios capitalinos, con La Jornada a la cabeza, que muy temprano en la mañana el Gabo salió a la puerta de su casa el día de su 84vo cumpleaños y juguetonamente preguntó: ‘¿Por qué tanto alboroto?’, chanza que puso a danzar de gusto a los admiradores, quienes cubrieron de flores al célebre aracatecano y además le cantaron las mañanitas.

Supongo que es obligado unirse a los comentarios, aunque debo confesar que si bien “Cien años de soledad” fue un hito en mi vida libresca, más hay en la obra de García Márquez que me mueve. “Crónica de una muerte anunciada”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “La mala hora”, “Los funerales de la Mamá Grande”, entre otros.

Gabriel García Márquez detestaba las entrevistas, según sé. Hizo bien. Su oficio es escribir. Más libros y menos declaraciones, eso es lo que queríamos sus lectores en todo el mundo.

Viene a cuento lo anterior por los borbotones de tinta que hizo brotar en el cuarto aniversario del escritor. Cincuenta años de periodista, 87 de edad y 30 de “Cien años de soledad”, no son poca cosa para críticos y analistas. Son fechas mágicas.

Confieso que al ver en las secciones culturales de los diarios espacios conmemorativos brotar como hongos y escuchar en una estación sí y otra también programas dedicados al trianiversario, me apenó no estar sumado al homenaje. Después de todo don Gabriel nació al mundo de las letras en pañales de reportero y eso le dio mucho valor.

Decidí pues subsanar la omisión y dedicar al tema. Busqué en mi archivo, pedí libros y ensayos, hablé con expertos e intelectuales, medité, reflexioné… y recuperé un sentimiento que creía olvidado desde mi paso por las aulas.

Dicen los expertos que don Gabriel fue en realidad muy mal crítico de cine, o que en numerosísimos textos anónimos en El Espectador de Bogotá y El Heraldo de Barranquilla, pueden detectarse indicios que eventualmente llevarían a suponer que habría altas probabilidades de que el joven Gabriel hubiese intervenido en su redacción.

Leí en la columna ‘El Ángel’ de Reforma (un 9 de marzo, según recuerdo) el ensayo de Carlos Rubio Rosell titulado ‘Volver a la semilla: ¿Dónde nace el mundo de Gabriel García Márquez, por qué, de qué manera y cómo se amamantó la imaginación del autor de “Cien años de soledad”, dónde están las claves que engendraron esa narrativa poderosa, desbordante, alucinada, del hombre?’, y me pregunto: ¿tener conciencia de todo eso me haría vivir y disfrutar mejor la obra?

Puedo citar de memoria pasajes enteros de “Cien años de soledad”, obra que conocí desde la preparatoria y que releí en la facultad. El libro me mantuvo sin dormir durante meses. Lo leí y releí como creo ninguno otro desde entonces. Me enamoró fatalmente, al extremo de que no ha habido otro de don Gabriel que me haya provocado ni un pensamiento de infidelidad.

Hoy ya se encuentra el gran Gabo bajo ese cielo tan azul de Macondo y seguramente se ríe de nosotros porque a cuatro años de su muerte no dejamos de llorar su muerte. Honor a quien honor merece.

Imagen tomada de www.wapa.pe

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