Fortis fortuna adiuvat

Por Pedro Venegas

“Los tiempos de Dios son perfectos”, reza un dicho que con mucha frecuencia se cumple en mi vida. Me había resistido a seguir estudiando, deje pasar más de un año sabático, miles de cosas habían pasado por mi existencia, caer y levantarse fue un ejercicio cotidiano, y en un instante, sin pensarlo, tuve en mis manos la invitación para aquel diplomado de la UNAM inesperado. Tenía que hacer algo con mi existencia y decidí tomarlo.

Más de medio año de lucha permanente en las aulas. Yo era el profesionista en las calles y mis maestros, los expertos académicos ¿quién sabía más? Parecía ser la pregunta frecuente y aunque a algunos los conocía (fueron mis compañeros de la facultad) me convertí en el enemigo a vencer.

Este episodio de mi vida me confirmó que, como en política, también la Academia está poblada de tribus estériles que se protegen entre sí, que ven falsos enemigos. Nunca debe uno medirse con la extendida comunidad de los mentores porque “pegarle a uno es pegarle a todos”. Sin embargo, proponerse una meta es el compromiso personal de llegar pese a los obstáculos, y así lo hice. A punto de declinar mis estudios comprendí, tenía que terminar. Había que lograrlo. Al final, muy al final, todos quedamos siendo amigos.

Esta anécdota me recordó una frase que desde que la leí en una película ha marcado mi vida: “Fortis fortuna adiuvat”, es una locución en latín que significa “La fortuna favorece al valiente o al audaz”, innumerables muestras de ello he encontrado en mi camino. La moraleja es: no se puede dar marcha atrás, ni para agarrar impulso.

Varias han sido las enseñanzas. Como aprendí también, a través de don Fernando Gómez Arias (periodista, escritor y poeta) con quien trabajé algunos años, como no me canso de repetir a mis amigos y a los jóvenes con quienes tengo el privilegio de convivir, no hay meta que no se pueda alcanzar si se tienen el deseo, la decisión y la disciplina intelectual.

Se atribuye a Simone de Beauvoir la conmovedora sentencia que explica la  medianía tan extendida en el espíritu humano: “Cuando alguien apunta a la luna, ¡hay imbéciles que sólo atinan a mirar el dedo!”

Sin embargo hay que tener cuidado con la vanidad y no hay que olvidar que, quizá porque somos un gremio muy visible, los periodistas damos frecuentes y penosas muestras de esta vergüenza llamada ego.

En una conferencia de prensa un reportero que no terminó la preparatoria es capaz de regañar a un reconocido jurisconsulto o aquellos graves y acartonados magísteres del análisis político quienes conjugan lugares comunes para enseñar y reprender a los mortales desde sus columnas.

Afortunadamente no es frecuente que la mediocridad de unos arroje luz sobre la grandeza de otros. En 1922 en una conferencia en Nueva York, George Mallory se enfrentó a una turba de reporteros que exigía explicara las verdaderas razones de su insistencia en llegar a la cúspide del Everest. Mallory estaba confundido y mortificado. Su temperamento inglés le impedía comprender la curiosidad gritonera de los gacetilleros.

Era un ejercicio de ambición. Dos veces había intentado conquistar a la montaña y dos veces las inclemencias del tiempo y las dificultades del terreno habían frustrado su propósito. Finalmente alzó la mano para pedir silencio. Recorrió con la mirada fría de sus ojos azules al auditorio y dijo sencillamente: “¡Porque está ahí!”

¡Porque está ahí! Con esa frase Mallory dio nombre al germen que dispara las grandes proezas. ¿Por qué llegar a la luna? ¿Por qué escribir esa novela? ¿Por qué buscar infatigablemente una nueva vacuna, un fármaco mejor, un combustible renovable? ¿Por qué enfrentarse al poder público o a las limitaciones personales para cambiar el estado de las cosas? ¿Por qué enfrentar a los severos hijos de la Pérfida Albión que custodian el acceso a los santuarios del teatro clásico? Estas y un millón de preguntas más tienen su explicación en el apotegma de Mallory, quien, fiel a sí mismo, en 1924 subió por tercera vez a la montaña y perdió la vida. Su cadáver congelado fue hallado cerca de la cumbre 75 años después, en 1999. Nunca se supo si falleció unos metros antes de la meta o de regreso. Creo que no importa. Su ejemplo es lo que vale.

Por otra parte, el 1 de diciembre de 1955 en la ciudad de Montgomery, capital del racista estado de Alabama, una costurera negra de 42 años, Rosa Parks, decidió no ceder su asiento en el autobús a un patán blanco como le ordenara el bruto conductor de la unidad. No hay registro de sus palabras, pero me gusta pensar que dijo: “¡No, ya estoy harta!” No habrá faltado quien aconsejara: “Señora, quítese, atrás están los lugares de los negros, así son las cosas”. Rosa Parks se mantuvo firme. Presto llegaron los gendarmes y echaron a un calabozo a la peligrosa mujer y fue enjuiciada por “desobediencia civil”. Esta sencilla determinación detonó uno de los más grandes movimientos pro derechos civiles del siglo y convirtió a la costurera en un icono mundial.

Lamentablemente en México hay bizarros ejemplos de fortaleza espiritual. Una chica llamada Gaby Brimmer pasó la vida en una silla de ruedas afectada de parálisis cerebral. Sólo podía mover el pie izquierdo, y con esta gran capacidad, que todos los demás tenían por limitación, fue a la universidad, estudió literatura y se hizo poeta. Escribía señalando las letras en una tabla con el dedo del pie. Elena Poniatowska supo de ella y escribió un libro que la hizo conocida. Gaviota pudo dar conferencias y promover la causa de las personas con parálisis cerebral. Su vida fue llevada a la pantalla. Se creó un premio nacional de rehabilitación con su nombre y su ejemplo fue el motor para atender a muchos seres humanos antes condenados a vegetar en espera de la muerte.

Para mal, Gaby murió el 3 de enero del 2000. En un poema había escrito: “Quiero morir en un día de invierno gris, feo y frío, / para no tener tentación de seguir viviendo. / Moriré en esa época del año, / porque de todo el mundo he recibido frío. / Quiero morir en invierno para que los niños hagan sobre mi tumba muñecos de nieve”.

En otro pasaje de la historia, cuando en 1812 en el sitio de Cuautla el general Almonte rompió una barricada y avanzaba para tomar la plaza, un niño de 12 años, Narciso Mendoza, desafió a las balas para acercar una tea a la mecha de un cañón cuyo disparo frenó el avance realista y puso a Morelos a salvo. En septiembre de 1810, Juan José de los Reyes Martínez, a quien llamaban “El Pípila”, se arrastró a la Alhóndiga de Granaditas con una losa en la espalda y prendió fuego al portón, abriendo así el paso al ejército de Miguel Hidalgo. Bien recordamos las hazañas de los cadetes de la Escuela Naval de Veracruz y del Colegio Militar que se negaron a dejar la plaza y perdieron la vida luchando contra el invasor norteamericano en 1857 y en 1914.

Recordemos también que el 18 de marzo de 1938, el general Lázaro Cárdenas expropió las empresas petroleras extranjeras que desde fines del siglo XIX sangraban al país. México pasaba por uno de los momentos más difíciles de su historia. Se puede decir que la nación se jugaba el futuro. Un gobernante menos decidido, con menor enjundia y patriotismo, o sencillamente ayuno de compromiso, hubiese reculado ante las empresas y la amenaza de una invasión norteamericana. Cárdenas, y su amigo y mentor Francisco J. Múgica, decidieron correr el riesgo en contra de la opinión generalizada del momento, por la sencilla y profunda convicción de que ése, y no otro, era su deber.

En una postura optimista diremos que, por doquier hay ejemplos de seres que se han negado al conformismo: indignado por un gobierno que mantenía la esclavitud y libraba una guerra injusta contra México, Henry David Thoreau se negó a pagar impuestos y fue a la cárcel. En 1849 publicó Sobre el deber de la desobediencia civil, en donde dice: “Hay miles cuya opinión es contraria a la esclavitud y a la guerra con México, pero nada hacen para poner fin a estos males… y esperan que otros pongan remedio para así tranquilizar sus conciencias”.

Y un ejemplo que no podía faltar, en 1906, inspirado en gran medida por Thoreau, Gandhi inició la lucha no violenta llamada satyagraha, que ya sabemos a dónde condujo (ver mi artículo La cruzada permanete por la paz). Siguiendo el ejemplo de Gandhi, en los sesenta Martin Luther King encabezó el movimiento por los derechos civiles de los descendientes de los esclavos del siglo XIX.

Vean ustedes cómo una acción individual sí puede tener consecuencias que muevan a la sociedad y cambien al mundo. Irremediablemente no hay luz sin obscuridad, ni calor sin frío.

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