Iduarte, un profeta en el extranjero

 Por Pedro Venegas

Reza un proverbio que “nadie es profeta en su tierra” y que a muchos intelectuales, artistas, literatos, investigadores y escritores les ha pasado, la fama o el éxito se les da tras fronteras. Varios de ellos han tenido el reconocimiento, la gloria, el galardón de otros países, sin embargo, en su país ni siquiera los conocen. Este es el caso que hoy nos ocupa.

Andrés Iduarte Foucher, destacado ensayista mexicano,  periodista y político, miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua en Nueva York, con un amplio reconocimiento en el extranjero, más que en su propio país.

En este sentido debemos preguntarnos por qué. ¿Por qué permitimos que la memoria de este gran mexicano se diluyera? ¿Fueron sus largas ausencias? ¿Fue la osadía de decir lo que pensaba y de mantener una postura independiente cuando esto era pecado civil? Quizá un poco de todo eso y más.

Iduarte nació el 1 de mayo de 1907 (hace 110 años) en Villa Hermosa, Tabasco, y falleció a los 77 años de edad, en la Ciudad de México, el 16 de abril de 1984.

Es posible que, como a su contemporáneo Gómez Arias, su historia personal se haya fundido con la historia social y con la historia política y que esta fusión -cito a Díaz Arciniega-  haya conducido “al desvanecimiento del individuo a cambio de la imagen de una colectividad”.

Es entonces, en verdad la historia de una colectividad lo que Iduarte recoge y nos comparte en sus libros. ¿Qué otra cosa si no? Historia colectiva es lo que leemos en Preparatoria, tales como El mundo sonriente Un niño en la Revolución Mexicana (su autobiografía).

Al mismo tiempo encuentro en su obra una intensa historia personal, un diálogo consigo mismo que me recuerda a Canetti. Dice el autor de Masa y poder: “En el diario uno habla consigo mismo. En todo diario hay siempre una serie de obsesiones, conflictos y problemas que se extienden a lo largo de toda una vida, confiriéndole su peculiaridad”.

Me surge a continuación una pregunta: reconocemos en Iduarte a un escritor, a un ensayista, a un periodista y a un político; ¿fue también un historiador? Por sus enormes aportaciones a través de sus crónicas. Sí y no.

Quizá una de las mayores virtudes de Andrés Iduarte es ese registro personal del devenir histórico, esa gran capacidad para hacernos entrar a la percepción individual de los acontecimientos macro. Me inclino a pensar que esta fructífera combinación del punto de vista personal con el análisis histórico bien conceptuado tiene sustento en su larga trayectoria periodística, complementada con su activismo político, pues es preciso recordar que el escritor tabasqueño fue militante de causas sociales, entre ellas la autonomía universitaria, además de su aportación a la política cultural. 

Alguien podría sugerir que Iduarte se empeñó en un trabajo periodístico laborioso al que habría que aplicarle un adecuado marco conceptual para categorizar los sucesos y tener entonces la historia -es más: la Historia con mayúscula-. Pero me doy bien cuenta de que no es así. Porque, queridos lectores, la historia, con o sin mayúscula, es a fin de cuentas la historia de los hombres.

Entonces, ¿historia y periodismo se rescatan mutuamente? Es posible, pero no de manera natural: interviene el trabajo del escritor.

Me atrevería a decir que el periodismo facilita el trabajo de albañilería de la historia, pero el reto del trabajo de diseño permanece y se acrecienta. La multiplicidad de fuentes reclama la pregunta: ¿quién hace la historia?; ¿cuál es la responsabilidad del historiador?

Tal vez una lectura adecuada de la obra de Iduarte nos lleve a la conclusión de que, cito de nuevo a Gómez Arias, hay en la historia personal, combinada con la historia social y política, la exigencia de perfección que se traduce en un estímulo y un flagelo.

Estímulo en tanto testigos y transmisores, cronistas, pues, de nuestro tiempo. Flagelo en la medida de que es una tarea a la que difícilmente  se puede escapar. ¿Ecos de Herodoto…? 

No resulta extraño que los atributos académicos e intelectuales de Iduarte lo hayan puesto en contacto a menudo con personajes destacados de la vida cultural de su tiempo. Fue contemporáneo y amigo no sólo de Pellicer, sino también de José Gorostiza, de Diego Rivera y de Frida Kahlo.

También supo trasladar sus atributos a la función pública como trabajador de la cultura, pues cuando fue nombrado director del Instituto Nacional de Bellas Artes tuvo entre sus colaboradores a Andrés Henestrosa, a Celestino Gorostiza, a José Durón y a Pedro Ramírez Vázquez. Al frente de la oficina de ediciones del Instituto nombró al joven de 23 años Vicente Rojo. Esta pléyade salió del INBA con Iduarte, para desfortuna de la institución.

Esto me lleva a recordar con ustedes aquel episodio de junio de 1954,  uno de los tristes lances del macartismo (es un término que se utiliza en referencia a acusaciones de deslealtad, subversión o traición a la patria) mexicano.

Andrés Iduarte fue cesado de la Dirección General del INBA por “comunista”. ¿Su crimen? No haber impedido que la bandera de la hoz y el martillo fuera colocada sobre el féretro de Frida Kahlo. Paradojas que tiene la vida: 53 años después, Andrés Iduarte regresó al palacio porfiriano, un 6 de mayo, y ahí, en donde fue la infamia, recibió el homenaje a su aportación literaria, ensayística y docente que el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines no supo aquilatar.

Es terrible. En nuestro país parece necesario que la gente admirable muera o cumpla aniversarios para rescatarla del olvido… y eso no siempre. En un mundo saturado de información en donde se privilegian los materiales de divertimento, es difícil reposicionar los datos y la obra de escritores valiosos que han caído en el olvido. 

En el caso de Andrés Iduarte, ayuda la fuerza de su valor literario y personal, además de que homenajes y recuerdos como el que hoy nos reúne han puesto en circulación muchas referencias biográficas, extractos de la obra y citas de este tabasqueño virtuoso. Por ejemplo, el gobierno de Tabasco organizó el I Encuentro Regional de Escritores “Andrés Iduarte” y el escritor Rafael Gaona obtuvo el Premio Nacional de Novela Breve 1997 “Rosario Castellanos” que otorga el gobierno de Chiapas con el libro Frida, donde se recrea el mundo intelectual y político, con las posturas generalmente antagónicas entre estos dos especímenes, en los años previos a la muerte de Frida Kahlo.

Para ser justos hay que decir que Iduarte finalmente sí es profeta en su tierra, donde una calle lleva su nombre y goza de reconocimiento como uno de los mejores escritores que ha dado Tabasco. Pero también es debido reconocer que en el ámbito nacional es uno de esos escritores del que muchos hablan, que tiene menciones en los catálogos y que es citado por la Academia, pero que muy pocos han leído.

Si bien el Instituto de Cultura de Tabasco publicó en 1993, en ocho tomos, sus obras completas, lamentablemente, en la dualidad global-región, en nuestro país, la segunda tiene un papel marginal. Las ediciones estatales difícilmente llegan al centro del país.

Hoy, los jóvenes no sólo no leen a los escritores como Iduarte y muchos de sus contemporáneos, sino que no los conocen. No los leen, en principio, porque no saben que existen. Ésa es una situación que debe corregirse.

Me refiero especialmente al desconocimiento de los jóvenes porque la literatura de Andrés Iduarte es un espejo en el que, más allá de las épocas, se puede ver reflejada la juventud. 

Iduarte dio inicio a su producción literaria muy joven. Era profesor de la Escuela Nacional Preparatoria a los 23 años y por la misma época director de la Revista de la Universidad de México. Se dice fácil, pero tuvieron que ser muchas las credenciales académicas, literarias y de conocimiento para que un joven de 23 años pudiera echarse a cuestas responsabilidades de esta naturaleza.

Antes de los 30 años ocupó cargos públicos, encabezó la Secretaría Iberoamericana del Ateneo de Madrid  y ya había escrito El libertador Simón Bolívar (1931), Homenaje a Bolívar (1931) y El problema moral de la juventud mexicana (1932).

Muchas publicaciones se beneficiaron de la pluma de Andrés Iduarte, desde periódicos estudiantiles hasta la Revista de la Universidad de México, que como ya mencioné dirigió de 1930 a 1932; diarios de Tabasco, revistas, y de manera especial sus colaboraciones en la Revista Iberoamericana, donde sus ensayos sobre literatura son al mismo tiempo un eco de sus preocupaciones por la historia de México.

Iduarte goza de reconocimiento internacional, pues a su paso por Francia, España y Estados Unidos dejó la huella que solía imprimir con la calidad de sus trabajos. Estuvo en contacto con César Vallejo, Gabriela Mistral y Miguel Ángel Asturias. En España fue miembro del Ateneo de Madrid y en la Universidad de Columbia en Nueva York, donde realizó sus estudios de doctorado, llegó a ser profesor emérito. 

Una parte importante de la producción de Iduarte son sus escritos sobre la Revolución Mexicana, etapa sobre la que queda mucho por decir, pues en esta gesta descansan buena parte de los cimientos que sostienen nuestra cultura, lo que hoy somos. Su manera de escudriñar en el espíritu mexicano que se construyó con la nueva idea de nación surgida de la Revolución Mexicana ofrece importantes luces sobre este episodio.

Así como se dice que los indígenas llevaron a cabo la Conquista y los españoles la Independencia, la Revolución es obra del mestizaje, lo cual tocó las fibras más sensibles de la nueva nación mexicana. Andrés Iduarte reflexionó ampliamente sobre el nuevo concepto de identidad que se haría presente en los distintos ámbitos de la vida mexicana, incluida por supuesto, la cultura.

Como ven, Iduarte no sólo es un ejemplo de disciplina sino también de energía y actividad, pues las tareas de carácter público no disminuían su creatividad ni su prolijidad como escritor.

De hecho, por ejemplo, Preparatoria, que es un libro impregnado de autobiografía, contiene textos que Iduarte escribió siendo alumno de la Escuela Nacional Preparatoria, aquel inspirador recinto de San Ildefonso en donde hoy aún escuchamos los pasos de tantas generaciones ilustres. Es decir, textos que escribió desde que tenía 14 años, pues estuvo en ella de 1921 a 1925.

Andrés Iduarte hizo literatura no gracias a los años, sino gracias a una intensa vocación por observar, por no dejar escapar el más mínimo detalle o quizá estaría mejor decir, por aprovechar muchos detalles que convertía en textos frescos y reveladores de la vida de esa época, pues como señala el mismo autor, es la “imagen que un adolescente recogió en el rescoldo de la Revolución Mexicana”.

¿No es tiempo de tener en Instituto de Cultura de Tabasco “en línea” ediciones electrónicas de éste y muchos otros autores? Ya que son asuntos que tienen una consecuencia directa no sólo en la falta de reconocimiento hacia Andrés Iduarte sino de muchos otros artistas que el tiempo y el cúmulo de productos culturales han orillado a permanecer en un injusto olvido.

Es preciso que se produzcan acciones de carácter institucional para restituir a Andrés Iduarte el lugar que ganó con su trabajo y el que debe ocupar en las letras mexicanas. ¿Cómo? De manera simple: con la difusión de su obra (mi universidad, la UPAEP – Puebla, vería con gran simpatía y se sumaría a una iniciativa de esta naturaleza).

Lo mismo podría decir hoy aquí respecto de la obra de otros tabasqueños ilustres. Vienen a mi memoria, por ejemplo, los nombres del topógrafo, biólogo y botánico José Narciso Rovirosa; del eminente periodista y político Manuel Sánchez Mármol; del doctor Simón Sarlat, cuatro veces gobernador de Tabasco; del coronel Andrés Sánchez Magallanes, héroe de la lucha contra la invasión francesa y de su nieto, José del Carmen, integrante del Constituyente de Querétaro, lo mismo que Rafael Martínez de Escobar; del enorme poeta Carlos Pellicer Cámara; del mártir de la Patria José María Pino Suárez; del periodista Félix F. Palavicini; del coronel constitucionalista Gregorio Méndez Magaña, también gobernador del estado -de quien se dice que “entró rico al servicio de la Nación y murió tan pobre que fue sepultado en una humilde fosa del panteón de Dolores” en la ciudad de México- o del periodista e historiador Santiago Ocampo Cano.

Quiero terminar estas reflexiones, imaginando el cielo azul de Villahermosa, con otra cita de Canetti, en donde encuentro una luz sobre las razones que mueven al escritor y al historiador, lo mismo que a todo espíritu creativo:

“No puede ser tarea del escritor dejar a la humanidad en brazos de la muerte. Consternado, experimentará en mucha gente el creciente poderío de ésta: él, que no se cierra a nadie”.

Aunque esta empresa parezca inútil a todos, él permanecerá siempre activo y jamás capitulará, bajo ninguna circunstancia. Su orgullo consistirá en enfrentarse a los emisarios de la nada –cada vez más numerosos en literatura-, y combatirlos con medios distintos de los suyos. Vivirá de acuerdo a una ley que es suya propia, aunque no haya sido hecha especialmente a su medida, y que dice:

“No arrojarás a la nada a nadie que se complazca en ella. Sólo buscarás la nada para encontrar el camino que te permita eludirla, y mostrarás ese camino a todo el mundo. Perseverarás en la tristeza, no menos que en la desesperación, para aprender cómo sacar de ahí a otras personas, pero no por desprecio a la felicidad, bien sumo que todas las criaturas merecen, aunque se desfiguren y destrocen unas a otras”.

Andrés Iduarte Foucher vivió y murió como un auténtico mexicano al grito de guerra, como lo define el himno nacional, defendiendo la Patria a través de la pluma, del orgullo, de la entereza, destacando en cada palabra a los hombres que nos dieron gloria y libertad. Gracias Iduarte porque en cada una de tus facetas lograste darnos y darle al mundo entero un poco de nuestro México lindo y querido.

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