Justo Sierra, El Maestro de América

Por Pedro Venegas 

“Embrutecidos los hombres por todas las ignorancias,

se entregan víctimas de la miseria y de la inmortalidad a toda clase de crímenes,

 y ni siquiera piensan en defender derechos cuya importancia no saben comprender.”

Justo Sierra Méndez

(1848-1912)

Pocos hombres han llegado a ser tan importantes para la vida pública y política de nuestro país como Justo Sierra Méndez, el “Maestro de América”,  llamado así por el título que le otorgaron varias universidades de América Latina al reconocer sus grandes logros en el terreno de la enseñanza, pocos también que ayudaron a forjar una nación como México, pocos que son reconocidos y honrados como él. Sierra Méndez fue además promotor de la fundación de la Universidad Nacional de México, hoy Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) una de las más importantes universidades del mundo.

Nació en San Francisco de Campeche, el 26 de enero de 1848. Dentro de todos sus talentos, fue un escritor, historiador, periodista, poeta y político mexicano. Sus padres fueron Justo Sierra O’Reilly, eminente novelista e historiador, y de Doña Concepción Méndez Echazarreta, hija del político Santiago Méndez Ibarra, quien tuvo un papel importante en la política yucateca del siglo XIX.

Los hermanos de Sierra Méndez fueron María Concepción, que nació en Mérida y María Jesús, Santiago y Manuel José, que nacieron en San Francisco de Campeche. Uno de ellos, Santiago, también poeta y periodista.

Al morir su padre en 1861, de muy corta edad, Justo Sierra Méndez se trasladó primero a la ciudad de Mérida, después a Veracruz y por último a la ciudad de México donde, después de brillantes estudios, se relaciona con los mejores poetas y literatos de ese tiempo, entre otros con Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Acuña, Guillermo Prieto, Luis G. Urbina, poetas de la Revista Azul y de la Revista Moderna. 

Diez años después, en 1871, se recibió de abogado. Fue en varias ocasiones diputado del Congreso de la Unión, lanzó un proyecto que sería aprobado en 1881 y que daba a la educación primaria el carácter de obligatoria. En ese mismo año mostró un proyecto para fundar la Universidad Nacional Autónoma de México que no prosperó, tardaría sin embargo 30 años para ver su sueño hecho realidad.

Se enamora y casa en 1874 con doña Luz Mayora Carpio. Tuvo varios hijos Luz -la mayor-, Concepción, María de Jesús, Justo, Manuel, Santiago y Gloria, la más pequeña. Su hijo Manuel fue diputado, diplomático y autor del libro Tratado de Derecho Internacional Público. Santiago fue director de cine. Concepción fue Presidenta de las Damas Voluntarias de la Cruz Roja mexicana durante 40 años.

Justo Sierra relata en una de sus biografías que Ignacio Manuel Altamirano, a quien admiraba, lo invitó a una reunión en la que estaban algunos de los más consagrados escritores de aquel tiempo como Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y Vicente Riva Palacio.

Desde aquella reunión Sierra Méndez ocupó un sitio de preferencia en las camarillas, conmemoraciones y redacciones literarias; fue la sensación del momento en la tribuna en los llamados “días de la patria”. Justo se consagró tanto a la literatura que incursionó en el relato, en el cuento, la novela, el teatro, la poesía, las narraciones, los discursos, las doctrinas políticas y educativas, los viajes, los ensayos críticos, los artículos periodísticos, las epístolas, los libros históricos y biográficos, forman el valioso material de la obra de Justo Sierra Méndez.

En materia educativa defendió la autonomía de los Jardines de Niños, el progreso del magisterio y a nivel superior, la reorganización de las carreras de Medicina, Jurisprudencia, Ingeniería, Bellas artes y Música, así como la promoción de la Arqueología, de un sistema de universidades en provincia, de una universidad para maestros, el otorgamiento de desayunos escolares y un sistema de becas para los alumnos destacados.

Su gran propuesta fue el método educativo que al aplicar enseñara a pensar y no a memorizar. “Es la educación” decía “la que genera mejores condiciones de justicia; educar evita la necesidad de castigar”.

En el campo de la Ley, Sierra Méndez fue también Ministro de la Suprema Corte de Justicia en 1894, de la que llegó a ser presidente. Tiempo después ocupó importantes cargos en el gabinete porfirista como Subsecretario de Justicia e Instrucción Pública y Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, entre los años de 1901 y 1911.

Antes del triunfo de la Revolución renunció Justo Sierra al ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, dos años después, don Francisco I. Madero lo nombró Ministro Plenipotenciario de México en España.

Cabe señalar que entre sus descendientes han destacado el embajador Justo Sierra Casasús, el ingeniero Javier Barros Sierra, actual rector de la UNAM; la historiadora Catalina Sierra Casasús y el científico Manuel Peimbert Sierra.

Afirman los historiadores que el matrimonio con doña Luz (su “Güera”) fue muy feliz. Y al final, ya presintiendo la muerte le dijo: “Pídele a Dios que cuando yo sucumba nos conceda que baje tu alma buena a disipar la noche de mi tumba…”

Algunos de sus poemas de juventud se publicaron en el periódico El Globo, y se dio a conocer con su famosa “Playera”; a partir de 1868 publicó sus primeros ensayos literarios; en El Monitor Republicano inició sus “Conversaciones del Domingo”, artículos de actualidad y cuentos que después serían recogidos en el libro Cuentos románticos; publicó en la revista El Renacimiento su obra El Ángel del Porvenir, novela de folletín que no tuvo mayor impacto.

En 1892, expuso su teoría política sobre la “dictadura ilustrada”, pugnando por un Estado que habría de progresar por medio de una sistematización científica de la administración pública; en 1893 dijo aquella célebre frase: “el pueblo mexicano tiene hambre y sed de justicia. México es un pueblo con hambre y sed. El hambre y la sed que tiene, no es de pan; México tiene hambre y sed de justicia”.

Tiempo después en 1901 se trasladó a Madrid con el objeto de participar en el Congreso Social y Económico Hispanoamericano; fue en esta ocasión que conoció a Rubén Darío en París. Presidió la Academia Mexicana, correspondiente de la Española.

Al paso de 37 años, en 1948, en el centenario de su nacimiento, a iniciativa de un profesor de literatura de la Universidad de la Habana, la UNAM, junto con otras universidades del continente, lo declaró Maestro de América. Se editaron sus obras completas en 15 tomos y sus restos fueron trasladados del Panteón Francés a la hoy Rotonda de las Personas Ilustres. Fue precisamente a iniciativa de Sierra Méndez, que se creó en 1880, la Rotonda de los Hombres Ilustres. Por decreto presidencial, el 26 de mayo de 1999 su nombre se inscribió con letras de oro en el muro de honor del Palacio Legislativo de San Lázaro.

Considerado en su tierra natal, Campeche, como uno de los personajes más grandes e importantes que ha dado a México al mundo.  Falleció en Madrid, el 13 de septiembre de 1912, a los 64 años de edad. Su cadáver fue traído a México en el trasatlántico España, habiendo sido homenajeado en todo el trayecto y sepultado finalmente con los más grandes honores públicos de su tiempo.

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