Kati Horna, una artista en la guerra

Por Pedro Venegas

A lo largo de la historia de la humanidad la mujer ha tenido que ganarse un lugar en la sociedad, con diversas actividades que originalmente pertenecían al hombre y que ahora comparten: policía, soldado, albañil, taxista, etcétera. A pesar de las conquistas del género femenino, todavía en muchas áreas laborales siguen sin ganar dinero en igual cantidad que el hombre.

Hoy me referiré, amables lectores, a una mujer que olvido pertenecer al sexo débil, a las frágiles, a las temerosas, a aquellas féminas que no hacen nada si no se los ordena un hombre, mi relato de ocupa de una mujer muy singular: Kati Horna.

Originaria de Hungría, su niñez se desempeñó entre libros y escuelas y a los 19 años decidió viajar a Berlín para conocer a un escritor con mucha fama en ese momento Bertolt Brecht, a través de su ingenio y gran destreza mental que le permitía tener esa chispa que se requiere para caer bien a la gente, logró integrarse en el círculo íntimo del escritor en 1931.

Tiempo después, siguiendo sus instintos, en Alemania conoció y frecuentó a László Moholi-Nagy, fotógrafo y pintor húngaro. De difícil carácter por su estricta disciplina, quien pasó a la historia como uno de los más importantes profesores y teóricos del arte y de la fotografía desde su trabajo en la Escuela de la Bauhaus alemana.

Por medio de Moholi-Nagy conoció de primera mano y sufrió los inconvenientes de la considerada fotografía moderna. A su regreso a Budapest aprendería el oficio de fotógrafa de manos de József Pécsi, músico, profesor y fotógrafo húngaro, gracias a él Horna pudo forjarse desde ese momento una carrera imparable y una mirada amable y melancólica hacia lo cotidiano por medio de la lente de su cámara.

Con el conocimiento adquirido a través de la apreciación y el estudio con estos grandes personajes de la literatura, el arte y la fotografía, en 1932 parte a París en busca de un futuro diferente y más provechoso, y será aquí, en la belle France donde su carrera despega.

Con mucha insistencia y demostrando el valor de su trabajo, consiguió realizar sus primeros reportajes gráficos para Agence Photo: “El mercado de las pulgas” (1933) y “Los Cafés de París” (1934). Con sus trabajos realizados en estas series de fotografías se verá ya una de las claves del trabajo de Horna: el objeto como protagonista, que describe, que impacta, que da un contexto estando éste al mismo nivel que las personas.

En la misma Francia desarrolla más su instinto, entra en contacto con los surrealistas, lo que le da un realce a sus gráficas, de aquí en adelante surgirán colaboraciones muy interesantes.

Se cruza en el camino de Horna diversos y caprichosos trabajos que le hacen desarrollar más su arte en diversos campos. Fue entonces que junto al dibujante alemán Wolfgang Burger, crea una serie de historietas con verduras y huevos.

Cada uno en su papel, Burger se encargaba de humanizar dichos objetos dibujándoles caras, poniéndoles brazos y piernas con alambres, mientras que Horna fotografiaba.

De este trabajo salió la serie “Hitlerei” (1937), en la que ambos artistas realizaban una caricatura de la figura del tirano Adolfo Hitler, representado por un huevo dando un discurso, que en un momento dado es aplastado por un dedo índice, como debió haber sucedido en la vida real.

Ya con fama, a principios de 1937, durante la Guerra Civil española, el gobierno republicano le encarga a Kati Horna la realización de un álbum para el Comité de Propaganda Exterior, por lo que la fotógrafa se trasladó a Barcelona.

Cada vez que Horna vivía un episodio de guerra más se interesaba y más se apasionaba, le fue difícil no involucrarse. Entre marzo y abril de 1937 retrató para la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Federación Anarquista Iberica (FAI),  la División de Ascaso, al Frente de Aragón y los pueblos colectivizados. 

Comprometida ya con la causa anarquista y principalmente con la mujer, en junio ingresó como redactora de la revista Umbral y a partir de entonces participó activamente en la revista de acción cultural al servicio de la CNT: Libre Studio, así como en Tierra y Libertad, Tiempos Nuevos y Mujeres Libres.

Contrario al trabajo de un fotorreportero normal, Horna no retrató la guerra de manera clásica. No buscaba la sangre, la muerte ni el combate, tampoco al miliciano. La húngara perseguía la vida, la humanidad, la sensibilidad y la supervivencia de un pueblo en guerra. Con su mente más allá de lo plano e inexpresivo, retrató a civiles y a milicianos en los momentos de calma y tranquilidad, cuando las pequeñas treguas que daban las armas dejaban salir la vida cotidiana, el verdadero dolor y la angustia de vivir una guerra.

Fiel seguidora de la mujer en lucha, no sólo en la guerra, también el la vida diaria, en busca de la sobrevivencia de su familia, de sus hijos, de su trabajo en España destacó toda una serie de fotografías a las que nombró “madres combatientes”, una colección de imágenes para un artículo de la revista Umbral escrito por Lucía Sánchez Saornil.

Su trabajo fue valorado y enaltecido por la Revista Umbral, en donde  no sólo le dieron una importante experiencia como editora gráfica, sino que además fue el lugar donde conocería a su pareja, el pintor José Horna. Con la derrota republicana ambos vendrían a México, lugar donde vivieron el resto de su vida.

En nuestro país se unieron a los surrealistas mexicanos -movimiento artístico y literario- de aquel momento, formando parte indispensable de la vanguardia junto con otros artistas como Leonora Carrington o Remedios Varo, de alto reconocimiento.

El gobierno de México le permitió a Horna desarrollarse como fotógrafa participando en numerosas publicaciones e impartiendo clases de fotografía en la Escuela de Diseño de La Universidad Iberoamericana o en la Escuela de Diseño y Artesanías, en la Antigua Academia de San Carlos, con gran resultado en la formación de talentos.

Horna desenvolvería un prolífico trabajo, realizando tanto reportajes como trabajos más personales, destacando, entre otros: 

La Castañeda (1945), Fetiches de Snob (1962), Sucedió en Coyoacán (1962), Mujer y Máscara (1963) o Una noche en el sanatorio de muñecas (1963).

La primer fotorreportera de guerra, Kati Horna, falleció en México en el año 2000, dejando un legado bastísimo impregnado por una sensibilidad infinita, cuyos matices hacen estremecer y sienten lo que ella vivió.

Una mujer poco conocida para aquellos que no se adentran en los umbrales del arte y de la literatura, una mujer que tuvo el valor de vivir una guerra a riesgo de su propia vida, una mujer cuya figura fue adquiriendo importancia a través de su trabajo.

En España se quedaron con su arte, las fotografías de la guerra  que realizó Kati Horna y que fueron adquiridas por el país ibérico en 1983 y que en la actualidad se encuentran en el Archivo General de la Guerra Civil Española.

Descanse en paz una mujer que demostró que con dedicación, valor y entusiasmo se pueden hacer muchas cosas, pero principalmente defender aquello en lo que se cree, en lo que le da sentido a nuestras vidas, hasta pronto a la maestra, hasta siempre Kati Horna.  

 

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