La carta de Jack

 Por Pedro Venegas

 La niebla cubría la mayoría de los barrios pobres de Whitechapel,  al este de Londres, estamos en 1888, la oscuridad envuelve prácticamente todo, en el ambiente parece haber un grito silencioso que previene los acontecimientos por venir, una pequeña luz a lo alto hace que las figuras de los caminantes se agigante a su paso, se puede percibir una extraña sensación de miedo y muerte.

Una dama caminaba presurosa, había escuchado unos pasos atrás de ella, deseaba ya estar en su casa, en un instante, fue víctima de una enérgica maniobra de estrangulamiento que tenía por objeto hacerle perder la consciencia, luego, fue cercenada su garganta, la primera víctima había caído, era Mary Ann Nichols, asesinada por Jack “El Destripador” el 31 de agosto de ese año.

La policía quedo asombrada, el cadáver presentaba además cortes en el abdomen y en los genitales, igual que todas sus víctimas, Mary Ann murió con una expresión de terror marcada en su rostro y sin ningún órgano en su interior, concluyendo su vida según el dictamen médico a las 3:40 de la madrugada, todo comenzó aquella noche de agosto.

Las siguientes mujeres asesinadas, luego de Mary Ann fueron:

  • El cadáver de Annie Chapman  apareció días después del de su primera víctima, el sábado 8 de septiembre, aproximadamente a las 6 de la mañana.
  • Luego Elizabeth Stride el 30 de septiembre  y de Catherine Eddowes en la misma fecha.
  • Finalmente, la policía encontró el cuerpo mutilado y destripado de Mary Jane Kelly sobre la cama de su recámara en Miller’s Court, Spitalfields, el 9 de noviembre de ese mismo año.

A 130 años de su aparición, una carta que se cree que fue escrita por el asesino serial conocido como Jack “El Destripador”, fue subastada en 33 mil dólares a principios de mayo de este 2018. Un coleccionista británico fue el ganador de la puja, cuyo precio original se estimaba entre 685 y mil 300 dólares.

El redactor de tan horrendo texto se burla de los oficiales de policía en la misiva y hablaba de cada uno de los órganos que fueron extraídos de las víctimas y la forma en que fueron cortados, incluso dio cuenta de haber cocinado y comido un riñón “que no sabía mal”.

De lo que se pudo saber de acuerdo a las investigaciones, se cree que el criminal tenía nociones de entrenamiento médico, de ahí que se refiera al cuchillo con que cortaba como de “estudiantes”, por la manera en que realizaba las incisiones.

Para asombro de todos, la carta perteneció a un guardia de la Policía Metropolitana de la capital británica, al que se le entregó como regalo cuando se retiró del servicio en 1966 y su viuda fue quien decidió subastarla.

¿Pero quién fue Jack “El Destripador” (Jack the Ripper en inglés)? es el nombre dado al asesino serial londinense, al que se le atribuyen al menos cinco homicidios y cuyo modus operandi estuvo caracterizado por cortes en la garganta, mutilaciones en las áreas genital y abdominal, extirpación de órganos y desfiguración del rostro​ de mujeres que se dedicaban a la prostitución.

Para ubicarnos en la época en que ocurrieron los homicidios, a mediados del Siglo XIX el East End de Londres tenía sobrepoblación y su nivel de calidad de vida era mísero. ​ La situación empeoró con la proliferación de barrios de clase baja con notables índices de pobreza, violencia, alcoholismo y prostitución. ​

Tal pareciera que la pobreza trajo la catástrofe, antes de los asesinatos, Whitechapel era asociado con casos de antisemitismo, racismo, delincuencia, disturbios y privación.

Para colmo de males, si bien la Policía Metropolitana de Londres, en coordinación con Scotland Yard, imputó solo cinco asesinatos al mismo individuo, sus registros incluyeron seis crímenes más que conformaron el expediente de Whitechapel.

Fuera de lo difundido por la prensa de ese tiempo, entre 1887 y 1891 los periódicos atribuyeron otra serie de homicidios al Destripador, aunque existen discrepancias sobre este vínculo, se pensó que la estrategia de la Policía Metropolitana fue guardar silencio sobre las siguientes víctimas, luego de cinco asesinatos, claro.

Las cifras son escalofriantes, si consideramos la cantidad de población de aquella época, pese a que se investigó aproximadamente a 300 sospechosos, la investigación policíaca resultó ineficaz en el esclarecimiento de la identidad del asesino serial, y fue objeto de burla y polémica por parte de la prensa. ​

La desesperación de los ciudadanos derivó en el establecimiento de un comité ciudadano encargado de patrullar las calles de Whitechapel, identificar a posibles sospechosos e investigar por su cuenta los asesinatos.

​El asesino quería ser conocido, por ello la policía recibió al menos tres cartas supuestamente firmadas por el asesino, en las que este se mofaba de las investigaciones y amenazaba con seguir asesinando a prostitutas. Una de las misivas estaba firmada por Jack “El Destripador” y a partir de ese entonces el asesino comenzó a ser referido por este apodo.

Permaneció a través del tiempo, el mito de Jack el Destripador ha sido el concepto central de varias obras literarias, artísticas y cinematográficas que, por lo general, combinan hechos reales con elementos ficticios y de terror, ayudando a consolidar al homicida como un símbolo que aún prevalece en la época contemporánea.

Un experto del tema es el eminente criminólogo Robert Ressler quien opina que la policía se equivocó al diseñar un perfil para Jack “El Destripador” y buscar a éste entre individuos de clase alta, cuando el tipo de víctimas y los lugares donde perpetraba sus agresiones señalaban, sin sombra de dudas, que el ejecutor debía pertenecer a la misma zona donde vivían sus asesinadas y ser de clase social baja.

También consideró que el asesino era desorganizado en su modus operandi, pues se trataba de: “…un hombre perturbado, y cada vez más perturbado con cada nueva víctima. La intensificación de la violencia, las amputaciones y el desorden general que reinaba en el lugar de los hechos eran buena prueba de ello…” (Robert Ressler, “Dentro del monstruo”, Alba editorial, Barcelona, España, 2003, pp.77 y 78).

Coincido con Robert Ressler en que predomina en el modo de operar de este delincuente un sesgo desorganizado y hay, sin embargo, algunas facetas de sus asesinatos que desconciertan y determinan que pueda ser catalogado como un victimario serial de tipo mixto, en el cual confluyen rasgos propios del homicida desorganizado junto con rasgos inherentes al organizado.

También hay que reconocerle a Jack que conocía a la perfección el terreno y sabía dónde se localizaban cada una de las posibles vías de escape, por ello nunca lo atraparon.

Asimismo, vale la pena considerar que era evidente que portaba consigo uno o más cuchillos a la hora de acometer sus excesos; patrones conductuales, todos ellos, sólo posibles en un asesino organizado.

Aunque puede parecer que eran una serie de actos sádicos e irracionales, sin embargo, el más notorio acto salvaje de éstos residía en las extensas  y monstruosas mutilaciones que infería post mórtem a los cadáveres, sin que estas mujeres sufrieran. En los crímenes del Destripador no se aprecia el ingrediente de brutalidad y sadismo previo a ocasionar la muerte a las agredidas.

Más aún, no se divertía en provocarles agonía, ni las sometía a un intenso terror. Se cree que las desgraciadas rameras fallecían en forma rápida y “eficaz”, merced a un limpio y certero tajo asestado de izquierda a derecha en sus gargantas, con un fuerte y afilado cuchillo que les cercenaba la vena yugular.

Podemos pensar, según testimonios dentro de las investigaciones, que tal vez las mujeres habían sido previamente desmayadas, por medio de una enérgica maniobra de estrangulamiento que tenía por objeto hacerles perder la consciencia para facilitar el corte decisivo pero, al mismo tiempo, ese diestro accionar conllevaba el efecto de ahorrarles sufrimiento y pánico.

Contrario a lo que pudiera pensarse, el criterio más aceptado se inclina por que Jack the Ripper no era un sádico, no se regodeaba infligiendo miedo o dolor a sus presas humanas mientras estas permanecían con vida, sino que su primordial interés radicaba en la extracción de órganos, a fin de conservarlos cual si constituyesen trofeos, o para ingerirlos en el marco de un incrédulo ceremonial místico o de canibalismo.

Dentro de sus habilidades, sin importar si residía o no en los barrios marginales de Londres, se tornó patente que dominaba perfectamente la configuración de las calles y la localización de los albergues, pensiones y tabernas allí existentes. En particular conocía la manera de evadirse una vez concluido cada avance letal. Estaba al corriente de todos los callejones y las calles que terminaban sin salida, y sabía cómo huir desde un patio a otro.

Vale cuestionarse si ¿era un homicida serial organizado?, y gracias a tal talento pudo mantenerse impune por siempre, o por el contrario, ¿Fue un asesino secuencial desorganizado? Y logró el anonimato sólo a causa de su buena suerte, o por ser encarcelado por otros delitos, o por fallecer tiempo más tarde.

Los policías de la época, incluso el mismísimo Scotland Yard, nunca buscaron un chivo expiatorio para enjugar su responsabilidad por no haber podido capturar al verdadero homicida. Y eso que los manicomios de aquel entonces rebozaban de candidatos que pudieron sin dificultad haber sido acusados, y pasar por culpables plausibles.

Hoy en día (de 1888 a 2018) a 130 años de los crímenes se subasta una carta que se dice fue escrita por el mismísimo Jack y que tiene un costo de 30,000 dólares. Aunque el autor de los crímenes nunca fue identificado, surgieron varias teorías y sospechas por parte de la policía, prensa y autores para explicar los posibles conocimientos quirúrgicos, ​ profesión u ocupación y salud mental del homicida.

Algunos de los sospechosos a los que se investigó fueron Montague Druitt, Severin Klosowski​ , Aaron Kosminski y Francis Tumblety, sin ningún éxito.

Como dato curioso y parte de mi reflexión preguntare: ¿Qué puede tener en común Batman y una carta de 1888? Este 2018 se estrenó en enero la película animada “Batman: Gotham by Gaslight” (Batman: Gótica luz de gas), producida por Sam Liu, basada en la novela gráfica del mismo nombre.

En la película el Caballero de la Noche combate en una Ciudad Gótica de finales del siglo XIX, a un asesino en serie que gusta de ultrajar mujeres (rameras, como las calificaba) mediante el uso de cuchillos y armas punzo cortantes en venganza de todo lo malo que sucedía en Ciudad Gótica.

¿Quién es y por qué lo hace?, son los misterios que sólo el mejor detective del mundo podrá esclarecer… dicho esto creo que ya sabemos la respuesta a la pregunta: el nombre del asesino es Jack “El Destripador”.

Fuera de las casualidades habría que analizar también las siguientes preguntas para respuestas sensatas: ¿Qué tan desquiciada puede estar una mente humana para cometer los peores asesinatos? ¿Qué lleva al homicida a esos actos? ¿Qué tuvo que vivir para convertirse en un asesino serial? ¿Qué placer siente al causar las más horribles muertes? Las posibles respuestas las podremos encontrar en sus mismos actos. Venganza, odio, curiosidad, esquizofrenia, paranoia, una infancia llena de maltrato y miseria, cualquier cosa pudo ser.

El caso de Jack el Destripador se mantiene como uno de los mayores misterios sin resolver, en tanto que el criminal asesinó a cinco mujeres entre agosto y noviembre de 1888, sin que nunca se haya conocido la identidad del autor de los hechos.

Las únicas pistas con más certeza, seguidas al asesino, condujeron a un inmigrante polaco, de 23 años, y otro que lo identificaba como un mercader de algodón de Liverpool, sin embargo, no tuvieron las suficientes pruebas para culpar a alguno de ellos, peor aún, pudo ser más de uno los asesinos pero eso… eso nunca lo sabremos.

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