La triste historia del Tigre de Santa Julia

Por Pedro Venegas

Atrás de la nopalera, todavía con el polvo impregnado en las botas, los pantalones y los calzones hasta los tobillos, sentado en cuclillas, con el sol a todo lo que da sobre la cara a pesar del sombrero que caía sobre la espalda colgada del barbiquejo y una amenaza latente que le gritaba: ¡arriba las manos, dese preso! Así inicia la historia de nuestro personaje.

Considero que el nombre de José de Jesús Negrete Molina, difícilmente dará una idea a nuestros amable lector de quién se trata, pero si anteponemos su alias: “El Tigre de Santa Julia” y luego describimos la manera como lo detuvieron, entonces sí se le ubica como uno de los más famosos salteadores de caminos.

De él se han dicho infinidad de mitos que llegaron a  crear una leyenda del sanguinario y violento bandolero, incluso respecto a su muerte existen dos versiones: una romántica y llena de aventuras y otra producto de una traición, aunque en ambas se encargaron de ensalzar la vida de quien fuera considerado un destacado salteador de caminos, al estilo de Jesús Arriaga, otro individuo que trascendió más por su mote que por su nombre: “Chucho el Roto”.

Para comenzar diremos que una de las hipótesis de su muerte dice que fue fusilado en la cárcel de Belén. Sin quitar la mirada al pelotón de soldados que se disponía a fusilarlo, al tiempo que rechazaba que le vendaran los ojos. Cuenta la leyenda que su ejecución tuvo lugar en el muro norponiente de la cárcel de Belem, en 1910, donde actualmente se ubica el Centro Escolar Revolución, en la avenida Niños Héroes y Arcos de Belén, colonia Doctores.

Antes de morir, la noche anterior a su fusilamiento, el legendario ladrón de caminos, al que la gente idealizó porque robar el dinero a los ricos para repartirlo entre los pobres y desafiar abiertamente al gobierno porfirista, había pedido como última voluntad: barbacoa para cenar, un traje negro de charro para morir  y un puro que fumar antes de emitir el último aliento.

Pero todo tiene un origen, José de Jesús, nació el 11 agosto de 1873, en Cuerámaro, Guanajuato, del matrimonio formado por José Guadalupe Negrete y Luisa Medina, el hombre dedicado al campo y la mujer a su hogar.

Lamentablemente su nacimiento ocasionó la muerte de su madre, lo que originó el odio irracional de su padre que veía en el pequeño al responsable de la muerte de su pareja y lo culpaba de su tragedia, por lo que no perdía oportunidad para echárselo en cara y golpearlo por cualquier motivo.

Qué tipo de hombre se puede formar con ese maltrato, solo uno, duro, insensible, decidido a todo. Su mismo trabajo en el campo ya lo había hartado, fue así que siendo un adolescente, dejó su natal Cuerámaro y se trasladó a la Ciudad de México, donde durante varios años y por distintos rumbos se dedicó a diferentes  actividades, sin un oficio definido, incluso participó, a las edad de 17 años, en 1890, en la construcción de la base del monumento al Ángel de la Independencia.

Harto de todo,  terminó por enrolarse en el Ejército, al que se incorporó en 1895, a la edad de 22 años, en el Tercer Batallón de Artillería como soldado raso. En tan sólo año y medio, alcanzó el rango de sargento segundo, pero de nueva cuenta la paga no le pareció suficiente y solicitó su baja.

Fue de allá para acá, sin rumbo fijo ni profesión segura hasta que se fue a vivir al antiguo barrio de Santa Julia, cuyo nombre obedece a que era la ex hacienda de Julia Gómez. En ese entonces abarcaba lo que ahora corresponde a las colonias Tlaxpana y Anáhuac.

Lo único que sabía a la perfección era el uso de las armas con la preparación y el adiestramiento recibido en el Ejército, decidió no trabajar más y formar una banda de salteadores de caminos, con sus amigos Tranquilino Peña, Fortino Mora, Gregorio Mariscal y Pedro Mora.

Para ese momento ya había cambiado su fisonomía, era todo un hombre, delgado, fuerte, moreno claro, de un metro 85 centímetros de estatura, pelo lacio y negro como el azabache, un bigote que caía como cascada por las comisuras de su boca, barba de tres días casi siempre, ceja poblada, mirada penetrante, el sudor permanente sobre su frente, un paliacate rojo amarrado en el cuello, traje de ranchero y sobrero ancho.

Decidido a todo, su primer atraco fue a la hacienda de Aragón y de ahí siguieron infinidad de asaltos, sobre todo a rancherías, terratenientes, ganaderos, aristócratas porfirianos y caciques.

La gente comenzó a repetir sus atracos y su fama comenzó a crecer porque era un abierto oponente al régimen de gobierno porfirista y así lo hacía notar cada vez que delinquía, además de que buena parte del botín lo repartía entre la gente pobre.

Cada paso que daba tenía un nuevo significado en su vida, a principios de 1905, por el rumbo de la Villa de Guadalupe, junto con sus compinches asaltaron una gendarmería donde se apoderaron de armas y municiones que utilizarían en sus futuros robos. En ese asalto, Jesús se hizo de una hermosa pistola de la que ya no se separaría nunca, una colt calibre 44 con cachas de nácar, blanca, brillante, de forma caprichosa.

Al paso del tiempo los asaltos se hicieron más comunes y constantes y la banda cobraba mayor fama en todo el barrio de Santa Julia. En cierta ocasión ocurrió un enfrentamiento a balazos con la gendarmería que estuvo a punto de atraparlo, pero Jesús abatió a dos de los policías y a partir de entonces la gente le impuso el apodo de “Tigre de Santa Julia”, su fiereza le dio el mote.

Sus correrías eran ya bastante conocidas e incluso el periódico El Imparcial, que lo describía como un troglodita, llegó a publicar parte de su historia. A la par que cobraba fama como el “ladrón justiciero”, aunque sanguinario, también se le achacaron innumerables amoríos, cierto o falso, señalándolo como todo un conquistador.

Pero las cosas no duran para siempre, durante los meses siguientes continuaron los asaltos por ese rumbo, hasta que la banda fue aprehendida y sus miembros llevados a la cárcel de Belem, aunque a los pocos días se fugaron, fueron recapturados en cuestión de horas. José de Jesús se fue rumbo a Tacubaya, al barrio de Puerto Pinto, donde vivía una de sus su novias, Guadalupe Guerrero.

Si el líder de la banda seguía libre era lógico que buscaría nuevos integrantes e intensificó sus acciones y se convirtió en todo un dolor de cabeza para el gobierno, ya que se hacía humo cuando estaban a punto de atraparlo.

Inteligente y persuasivo, Jesús tenía la precaución de no pasar más de una noche en sus escondites, así que la policía no tenía pista alguna para seguirlo. Fue entonces que el coronel Félix Díaz, que era el inspector general, recibió órdenes de su tío, el general y presidente de México, Porfirio Díaz, de capturar de inmediato al temible salteador y asesino.

No había tiempo que perder, las indicaciones eran aprehenderlo lo más pronto posible, para evitar que “El Tigre de Santa Julia” siguiera tomando fuerza entre la gente y pudiera llegar a convertirse en una especie de líder social capaz de organizar una revuelta.

Poco a poco se cerraba el círculo, ante la presión del señor presidente, el coronel Díaz comisionó a uno de sus mejores hombres, al capitán Francisco Chávez, quien quedó al frente de las acciones para capturar al temible salteador.  Al hacer sus investigaciones, Francisco se enteró de los amoríos de José de Jesús con Guadalupe Guerrero, y entonces se vistió de civil e hizo correr el rumor de que él y Guadalupe eran amantes, con la intención de despertar los celos del bandido.

La trampa estaba puesta, el plan del inspector Chávez, aparentemente estaba resultando como esperaba, así que dispuso de un pelotón de gendarmes para hacer guardia en la casa de Guadalupe para detenerlo en cuanto se hiciera presente.

Y aparentemente así había ocurrido, ya que desde que se esparció el rumor de los amoríos de Guadalupe con el capitán Chávez, José de Jesús comenzó a visitar con mayor frecuencia a su novia, quería comprobar si era cierto y de ser así, acabar con quienes lo engañaban.

La intuición del “Tigre” lo salvó. José de Jesús era desconfiado y mientras los gendarmes estuvieron vigilando la casa de Guadalupe, no se acercó para nada por lo que el capitán Chávez decidió que fuera retirada la vigilancia.

El 28 de mayo de 1906, el capitán Chávez recibió el “pitazo” de que “El Tigre” se encontraba en la casa de su amante. Se trataba de una fiesta en la que lo festejaban y agradecían la ayuda que daba a los lugareños.

El festejo era en grande: carnitas, guajolote en mole, arroz rojo y toda clase de fritangas, acompañadas de cerveza y barriles de pulque blanco, que era el que más le gustaba al “Tigre”.

Los efectos de la comilona no tardaron. De improviso José de Jesús se vio obligado a levantarse de la mesa para casi echarse a correr a la parte trasera del caserón donde estaba la nopalera.

Cruzó una pequeña milpa hasta llegar a la nopalera. De manera simultánea, el capitán Chávez junto con 12 de sus gendarmes, así como los oficiales Ladislao Barajas y Manuel Mayen llegaron a la finca y comenzaron la búsqueda del famoso bandido.

Estaban rodeados, en cuestión de minutos, la casa fue invadida por los policías que revisaron todos los rincones: debajo de la cama, en los roperos, en la cocina, pero nada, se había esfumado como si fuera un fantasma, los guardias no lo habían visto salir.

Ya sin esperanza, por algunos minutos más siguieron buscando y cuando ya se disponían a retirarse sin haberlo localizado, el oficial Ladislao se dirigió hacia la milpa y al llegar a la nopalera, descubrió a José de Jesús, en cuclillas.

Indefenso pues se había despojado de su pistola, la colt calibre 44, una canana con 100 cartuchos y una enorme daga, fue aprehendido. Los policías lo rodearon y una vez que se subió los pantalones, pidió que no le amarraran las manos. En medio de sus captores, fue conducido primero a la Comisaría y finalmente a la cárcel de Belem.

La manera cómo fue capturado José de Jesús, dio origen al dicho popular: “lo agarraron como al Tigre de Santa Julia”, que se aplica de forma general a aquellos que son capturados cuando están realizando sus necesidades fisiológicas.

Todo llega a su fin, por espacio de tres años, la defensa de su abogado Justo San Pedro, evitó que fuera ejecutado, ya que se había solicitado la pena de muerte en cinco ocasiones, hasta que el 21 de diciembre de 1910, fue fusilado, a los 37 años de edad.

Otra de las versiones dice que fue llevado al  Palacio de Lecumberri, en ese sitio, siguió siendo respetado por la población penitenciaria y en poco tiempo alcanzó el cargo de “mayor de crujía”.

Una anécdota cuenta que un reo, un anciano de nombre Raymundo, confinado en otra celda, no tuvo para pagarle la “protección” al mayor de ese lugar por lo que fue víctima de tremenda golpiza a manos del comando y de celadores. José de Jesús se enteró y puñal en mano fue a retar al mayor de la otra crujía, de apellido García, pero como éste estaba enterado de cómo se las gastaba “El Tigre” de plano no aceptó el duelo a cuchilladas y trató de esconderse en la misma celda, hasta donde llegó Negrete y le dio tal golpiza al mayor y al comando que tuvieron que ser hospitalizados.

Dicha acción hizo que lo respetaran más los demás presidiarios y por casi un año todo transcurrió con normalidad, hasta que la noche del 22 de diciembre de 1910, fue sorprendido en su celda por un reo llamado Jacinto, a traición lo apuñaló cuando dormía.

Fue sepultado en el panteón de Dolores, pero el 28 de marzo de 1931 sus restos fueron exhumados y su cráneo fue a dar a la bodega del referido cementerio, donde por años estuvo en una caja de zapatos.

Luego fue rescatado por el famoso criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón, cuyo nombre lleva el auditorio principal del Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE), como referencia, quien luego de estudiarlo, decidió que serviría para la decoración de su oficina.

Al paso del tiempo, a 144 años del nacimiento del “Tigre de Santa Julia”, su cráneo está guardado en una pequeña caja de cristal que se exhibe en el Centro Cultural Isidro Fabela, en el barrio de San Ángel, en la Delegación Álvaro Obregón.

Su fama de bandolero, aunque negativa, le mereció (sin hacer apología del delito) un corrido el cual fue publicado por la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo y fue motivo, además, de que el famoso grabador, escritor y caricaturista José Guadalupe Posada lo inmortalizara en uno de sus grabados que tituló: “El Sensacionalísimo Jurado del Tigre de Santa Julia”.

Del “Tigre” se han escrito algunos libros que narran su historia, entre ellos los de Carlos Isla y el de Melina S. Bautista, haciendo del personaje una leyenda equiparable a la de Chucho “El Roto” y se han hecho además dos películas en las que se dio más cabida a la ficción que a la realidad.

Lo bueno o malo de las personas se juzga por los hechos y que cada quien lo califique por lo que le tocó recibir de él. Sin más pena o gloria de la que usted le pueda dar.

Be the first to comment

Leave a Reply

UA-49372209-1