¿Leer o no leer?

 Por Pedro Venegas

¿Le gusta leer? ¿Enterarse de los sucesos? ¿Aprender? ¿Educarse? O posiblemente la pregunta sería ¿Para qué nos sirve la literatura? Una respuesta podría ser: tener la necesidad de ignorar menos. Ocupar el tiempo de los lectores en nutrir sus mentes y sus almas. Nos sirve como una señal en el camino, como un faro que nos señala el arribo o la partida hacia un destino, la literatura nos permite de alguna manera conocernos, nos descubre nuestras capacidades, nos abre la puerta a mundos fantásticos y ahuyenta la sobrecogedora sensación de que sólo estamos en esta tierra para comer, crecer, reproducirnos y morir.

Los correos de las personas que gentilmente tienen algún comentario sobre mis textos dicen que les aporta algo, algún conocimiento, alguna idea; imágenes y recuerdos, nombres y palabras nuevas que nos hacen recurrir al diccionario, provocaciones al corazón que hacen emitir, en ocasiones, algunas lágrimas o risas. Para todos ellos la literatura tuvo un sentido. Una utilidad.

Por citar un ejemplo, en La tentación de lo imposible, Mario Vargas Llosa toma como pretexto el análisis de la compleja trama de Los miserables para plantearse la pregunta que todo escritor se hace alguna vez y que para todo autoritario, grande, pequeño, eficaz o fracasado, es una pesadilla: ¿es subversiva la literatura? Y aquí encuentro otra función de las letras (de la literatura y de los libros, contenido y continente): salvaguardar la esencia humana.

“¿Por qué destruyen libros los hombres?”, se pregunta con inocencia Fernando Báez en su ensayo. Y se responde: “Tal vez… los motivos profundos estén en una declaración de Fred Hoyle, astrónomo y novelista. En De hombres y galaxias, escribió que cinco líneas bastarían para arruinar todos los fundamentos de nuestra civilización. Esta posibilidad terrible, impertinente, codiciosa, nos aturde y no habría razones para no pensar que, tras la excusa autoritaria, se esconda la búsqueda obsesiva del libro que contenga esas cinco líneas.

Quizá la respuesta también este en la novela de ficción de Ray Bradbury, cuyo título nos pone en escena inmediatamente, Fahrenheit 451, se desarrolla en un mundo en el que la felicidad era forzada, la parte oscura del libro dice que la “literatura los hacía pensar y el pensar hace infeliz a la gente”, por ello existían “bomberos” que se dedicaban a quemar cuanto libro encontraban, ya que éstos estaban prohibidos.

Los seres humanos estamos obligados a descubrir, a cuestionar, a saciar nuestras dudas, tenemos dentro de nuestra naturaleza una inmensa necesidad de descubrir y de entender, por ello, la memoria colectiva decidió dejar rastro escrito por primera vez hace 5 mil 300 años. Sin embargo, la duda también trajo consigo la cerrazón, la inmadurez, la necedad y la intolerancia.

Y fue ella, la intolerancia, la que acabó con la gran biblioteca de Asurbanipal (la cual consistía en una colección de tablas hechas de arcilla, cubiertas de una escritura fina y apretada por ambos lados) hasta las bombas que destruyeron las bibliotecas y museos de Bagdad en la guerra del Golfo, pasando por las prohibiciones y quemas de libros de todas las grandes religiones y de todos los sistemas políticos, el autoritarismo nos está diciendo que “la palabra y los libros son peligrosos porque sirven para hacernos libres”.

La verdad de todo, en mi opinión, es que no encuentro diferencia entre quienes enviaron a la hoguera los manuscritos inéditos de Bábel y los que pretendieron prohibir la circulación de Ulises o la de Cariátide, deduzco entonces que la literatura sí tiene una utilidad. Recordemos a Voltaire cuando al enterarse de que los ejemplares de Cartas filosóficas se estaban quemando en las plazas públicas de París, exclamó con aquella su tremenda ironía: “¡Vaya, cómo hemos progresado! Antes se incineraba a los escritores… ahora el fuego es sólo para los libros”.

Para modos de lectura podemos hablar de Vasconcelos, él sostenía que los libros deben leerse de pie, con respeto.  La correspondencia espiritual con lo impreso ha sido materia de largas e innumerables disquisiciones. Tomemos por ejemplo a Henry Miller con su obra Los libros en mi vida me hipnotizan. Es un texto de una belleza extraña porque hace las veces de confesionario de las lecturas de mayor influencia en este autor. El escritor no defiende en él sus preferencias literarias, sólo las presenta. Es como una larga reseña de sus lecturas, a las que no califica sino explica cómo las percibió, cómo las sintió, con cuáles se quedó y por qué. Dice Miller que “el libro que yace vano en un anaquel es munición desperdiciada”.

Otro caso muy famoso es el de Sor Juana Inés de la Cruz (cuyo nombre original fue Juana Inés de Asbaje y Ramírez), quien fue alabada pero también criticada por sus obras, fue una niña prodigio que aprendió a leer y escribir a los tres años de edad, sus textos fueron tan extraordinarios que fue considerada como la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII y sus obras completas se publicaron en España en tres volúmenes, que fueron devorados por la generación intelectual de la época.

Los libros deben mantenerse en constante circulación, como el dinero, para así poderle dar más sentido a su valor. Pienso que el libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. Que enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza. Goethe estaba convencido de que “al leer no se aprende nada, sino que nos convertimos en algo”. A la lectura no tenemos que verla como un ejercicio erudito sino como una forma de vivir.

Máximo Gorki encontraba que al platicar sobre sus lecturas las distorsionaba y les agregaba cosas de su propia experiencia. Y ello ocurría porque literatura y vida se le habían fundido en una sola cosa. Para él “un libro era una realidad viviente y parlante”. Menos una “cosa” que todas las otras cosas creadas o a crearse por el hombre.

Edmundo Valadés vivió convencido de que el libro que uno desea con toda el alma “siempre encuentra el camino hacia nosotros”. “Poder leer es ya no volver a estar solo. Desde temprana edad, los libros han sido compañeros inseparables: en ellos contraje ese bello «vicio impune», el único que no suscita remordimientos: el de la lectura”.

Sería laborioso pero se podría escribir un libro con citas así, de libros. Como de Samuel Johnson, quien, según sus contemporáneos, no leía libros sino bibliotecas. O sobre la defensa de los tomos subrayados de Gustavo Sainz (autor de Gazapo, historia que se abre al mundo adolescente, durísimo, muchas veces cruel, un túnel oscuro y larguísimo que se hace fácil por la vitalidad e inconsciencia que a esa edad se derrama), para quien un texto se convierte en la lectura única e intransferible de un ser singular cuando éste le mete pluma y resaltador a las páginas. O quizá sobre el aspecto subversivo y liberador de la literatura, magistralmente abordado en La tentación de lo imposible de Vargas Llosa.

Un mar de tinta y una montaña de papel no bastarían para consignar todo lo que puede escribirse acerca de lo que Robert Darnton llamó “el coloquio de los lectores”, pero más buen se pueden citar como las afinidades secretas.

Pienso que esta relación de lo humano y lo escrito fue magistralmente expuesta por Federico García Lorca en septiembre de 1931, durante la inauguración de la biblioteca del pueblo Fuente Vaqueros, en Granada. Medio pan y un libro, tituló la alocución que con alegría comparto:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.

Lo cierto es que la literatura nos brinda lugares inimaginables, personajes increíbles, hechos tremendamente históricos, narraciones tanto desgarradoras como acogedoras, luz y sombra, paz y guerra, amor y desamor. La literatura pues, nos hace descubrir nuestros más profundos secretos, lo mejor y lo peor de nuestra alma, pero también nos hace brillar como una estrella y por ello habría que preguntarnos: ¿Leer o no leer?, esa es la cuestión.

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