Los mexicanos de la Segunda Guerra Mundial

Por Pedro Venegas

¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que una nación sane sus heridas? ¿Cuántas cosas tiene que vivir un pueblo para hacerse fuerte? ¿Para hacerse maduro? ¿Para dejar de sufrir? Para dejar de recordar tantas desgracias. Para entender que todos los que te rodean son sus hermanos, que viven igual, que sufren igual, que lloran igual, que ríen igual, y para muestra basta con un botón.

Posiblemente muchos de usted no sabían la participación de México en la guerra,  en la hecatombe. El pasado 27 de enero fue el “Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto”, declarado así por las Naciones Unidas en alusión a la fecha de liberación de Auschwitz, el más grande y conocido de los campos de concentración nazi, lugar donde murió mucha gente, ocho millones de personas para ser exactos y seis millones quedaron inválidos.

Y a propósito de eso quiero compartir con ustedes la hazaña de Gilberto Bosques, “el Schindler mexicano”, que con gran riesgo pudo rescatar de las garras del nazismo a más de 40 mil seres humanos, sin importar raza o clase social. Y a pesar de ello, lamentablemente Bosques no tiene un monumento en México, pero su ejemplo habla de gran tradición diplomática mexicana, la que reconoció al Japón en 1888, la que abrió las puertas al exilio español en 1939, la que protegió a decenas de chilenos, peruanos, paraguayos y argentinos durante las dictaduras militares.

Bosques hizo todo lo que estuvo en su mano para salvar vidas de personas que ni siquiera conocía, lo que a él le importaba es que eran seres humanos a punto de morir, a punto de un gran sufrimiento, de hambre y de miseria.

No todos tuvieron la suerte de haberse encontrado a Gilberto Bosques, les presento noticias de un pasaje poco conocido: el de mexicanos que murieron en el holocausto, a miles de kilómetros de su país. Para ello tomo porciones de la espléndida investigación periodística de Raúl Olmos (19 de enero 2011) quien reporteó al Ministerio del Interior austriaco y obtuvo informes hasta entonces inéditos y es lo que hoy nos da la luz y el conocimiento de hechos hasta hoy desconocidos.

¿Se preguntarán por qué hubo mexicanos apresados por los nazis? La historia es compleja, con detalles poco claros, sin emabargo, haré un esfuerzo por explicar. Cuando estalló la Guerra Civil en España, hubo mexicanos que se integraron como voluntarios con los republicanos. Así ocurrió con Felipe López, José Sánchez Moreno Gualda, Feliciano Catalán, Luis Moch Pitiot y Joseph Salazar. Al asumir el poder Francisco Franco, todos estos mexicanos que luchaban en España huyeron a Francia, en donde fueron apresados. 

Significativamente, la muerte de José Sánchez Moreno Gualda, uno de los mexicanos transferido al campo de concentración de Mauthausen conmovió a muchos, fue el primer mexicano pasado por las armas. El 19 de diciembre de 1941, un tren con prisioneros salió del Stalag XVII B, ubicado cerca de la población de Krems, en Austria, con destino a Mauthausen. Entre los pasajeros iba Luis Moch Pitiot, registrado con la matrícula 5035.

De acuerdo con su expediente, Moch Pitiot nació el 28 de julio de 1913 en la Ciudad de México, de manera que cuando fue enviado a Mauthausen tenía 28 años de edad. No se sabe si este mexicano sobrevivió a la esclavitud en el campo de concentración, pues no hay registros ni de su liberación ni de su muerte. Es uno de los miles de casos extraños, en circunstancias desconocidas, según apuntan las autoridades austriacas.

Tiempo después, 25 meses para ser exactos, se dio la deportación de Moch Pitiot, los nazis lo enviaron a otro campo de concentración y junto con él a tres mexicanos: Felipe López, Feliciano Catalán y Joseph Salazar, los tres originarios de Guadalajara, Jalisco, junto con otros mil 900 prisioneros. Su destino final sería el campo de concentración de Buchenwald, ubicado en Alemania. Sin embargo, no todos concluyeron el viaje. En el trayecto fallecieron 679 personas y 57 desaparecieron durante la deportación. Diez días después, el 27 de enero de 1944, salió de Compiegne otro tren con destino a Buchenwald; entre los prisioneros que realizaron ese viaje iba el mexicano Juan del Pierro.

Como dato curioso, el jalisciense Feliciano Catalán, fue uno de los pasajeros que sobrevivió a la travesía en el llamado ‘tren de la muerte’. Estaba por cumplir 34 años cuando fue internado en Buchenwald. En ese sitio sobrevivió casi 15 meses, realizando trabajos forzados, con una mínima alimentación.

Asimismo, el 11 de abril de 1945, cientos de desesperados internos, consumidos por la inanición, tomaron el control del campo. Ese mismo día, más tarde, arribaron soldados de Estados Unidos a consumar la liberación de los 20 mil presos que habían sobrevivido a la esclavitud y a la tortura de los nazis. Entre los liberados había dos mexicanos: Feliciano Catalán –ya para entonces de 35 años- y Felipe López, de 29 años.

De Joseph Salazar, el otro jalisciense internado en Buchenwald, no se sabe si falleció, si escapó o si fue liberado. Acababa de cumplir 26 años cuando desapareció en aquel campo nazi. También fue reportado desaparecido Juan del Pierro, de 28 años de edad.

Para su mala suerte, en el lapso de un mes, Fernando González estuvo recluido en cuatro diferentes prisiones o campos de concentración nazis en Francia y en Alemania. En junio de 1944 fue internado en Compiegne, en Francia, y casi de inmediato fue transferido al campo de concentración de Nauengamme. A principios de julio fue enviado al campo de Sachsenhausen y de ahí lo enviaron a realizar trabajos forzados a Falkensee, cerca de los bordes de Berlín, en donde los presos eran alojados en nueve barracones rodeados por alambradas electrificadas. Al igual que sus otros compatriotas, le tocó presenciar la muerte de cientos de prisioneros.

Así su vida, en el tren que lo llevó de Compiegne a Nauengamme iban 2 mil 62 pasajeros, de los cuales 786 fallecieron en el viaje. Este prisionero mexicano fue forzado a trabajar en la fábrica de armamentos Deutsche Maschinenbau AG (Ingeniería Alemana de Maquinaria o DEMAG), ubicada cerca del campo de concentración, según el archivo de Sachsenhausen. El 2 de mayo de 1945, las fuerzas rusas liberaron el campo, pero se ignora si entre los liberados estaba Fernando González. Su paradero es un misterio.

Sin embargo, no sólo los hombres mexicanos fueron víctimas de la guerra, al campo de concentración de Auschwitz fueron enviadas, en 1943, cuatro mujeres mexicanas de origen judío, que habían sido arrestadas en Francia, cuando estaban de viaje. Susanne y Denise Klotz, originarias de la Ciudad de México, fueron arrestadas y enviadas a mediados de 1943 al campo de internamiento de Drancy, ubicado en un barrio al noreste de París, el cual acababa de ser tomado por las fuerzas alemanas. Su único “delito” fue ser judías. Susanne (que ostentaba el apellido falso Marx), tenía 33 años de edad, mientras que Denise era un año mayor. El 31 de julio de 1943, ambas fueron obligadas a subir a un tren con destino a Auschwitz. Cinco días después, fue reportada su muerte.

Tres meses después, otra mujer mexicana fue enviada de la misma prisión francesa de Drancy al campo de exterminio alemán. La chihuahuense Elisia (o Alice) Dreyfus salió el 31 de octubre de 1943 con destino a Auschwitz, donde falleció. Tenía 31 años de edad. Dos semanas después, una cuarta mujer mexicana fue enviada en un ‘tren de la muerte’ al mismo campo. Esta última víctima se llamaba Anita Germaine Guggenheim (aunque su apellido original era Ullman). La mujer, nacida el 10 de enero de 1899 en la Ciudad de México, fue reportada muerta el 25 de noviembre de 1943, a los 44 años de edad.

Las autoridades francesas emitieron un decreto en el que ordenaron agregar las palabras ‘Muerte por deportación’ en los certificados de defunción de las cuatro mexicanas. Y en todos los casos se añadió además el dato: Muertas en Auschwitz.

Mi estimado lector podría pensar para qué el esfuerzo de dar a conocer estos hechos, si ya murieron, si ya no importa, si el tiempo ya paso, yo prefiero creer que antes de morir, cada uno de ellos tuvo el deseo de ver a su familia, de abrazarlos, de poder hablar con ellos y sin embargo no fue así, entonces, lo único que queda es darles a saber que fue de ellos aunque sea por última vez y que esto, esperemos no suceda ¡Nunca jamás!

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