Madagascar en la mano de Dios

Por Pedro Venegas

 Llovía copiosamente, me imagino que como aquel diluvio de Noé y su Arca, relámpagos y truenos a un mismo ritmo, ríos enteros bajaban por la cuesta, el fuerte sonido de las gotas al caer sobre los tejados asemejaba a los enormes tambores del teatro japonés Kabuki (que significa “inclinarse”) y se caracteriza por su drama estilizado y el uso de maquillajes de rostros pálidos, cuyas expresiones resaltan las escenas de dolor o de comedia.

Todo el ambiente era de quietud, nadie se movía de su lugar, miles de rostros negritos abrían sus ojos expectantes en las ventanas de las casas que cubrían el valle, como esperando una señal para aparecer, inmóviles, taciturnos, parecía que a lo lejos tocaran la sonata Claro de Luna el mismísimo Ludwig Van Beethoven, con sus notas plagadas de nostalgia y romanticismo y no quisieran perderse ni una sola nota… Tan tantaran… Tan tantaran…

Lo que había a la vista era un enorme pedazo de Madagascar, en África, verde y extenso, con formaciones rocosas a lo lejos y un paisaje plagado de más de mil 800 casitas de color amarillo con techos de dos aguas, y éstas eran contempladas por un par de pequeños ojos azules, con enormes arrugas que se abrían como abanicos en su comisura, un rostro pálido y su cabello entre rubio y cano era la imagen del mayor benefactor de este apartado rincón del planeta: el padre Pedro Opeka.

De origen argentino, desde 1975, muchos años ya de ello, se le veía como ahora, de complexión delgada, alto y fuerte, se dedicó a cuidar de ese país insular situado en el océano Índico, frente la costa sureste del continente africano, al este de Mozambique. Como dato curioso habrá que decir que es la isla más grande del continente y la cuarta más grande del mundo.

Obvio, lo que menos aparece en este lugar son pingüinos, como en las películas de caricaturas que salieron de esta serie, antiguamente la isla estaba unida al continente africano, del cual se separó. Su aislamiento ha favorecido la conservación en su territorio de multitud de especies (fauna) únicas en el mundo. El gentilicio de Madagascar es malgache y el idioma nacional es del mismo nombre, su segundo idioma es el francés.

Demográficamente ha sido prolifero, en 2012, su población se estimaba en 22 millones de habitantes, sin embargo, en la fracción de Madagascar a la que nos referimos cuenta con unos 20 mil y ya es mucho que decir, ya no caben.

Respecto a la economía del lugar, el 90 por ciento cobra menos de dos dólares al día, la pobreza ha sido su mayor característica y en consecuencia, el hambre, contra la cual se tuvo que luchar. La mayoría de sus habitantes tiene creencias tradicionales de su continente, son cristianos también, gracias al visitante argentino, hasta podríamos decir que son una mezcla de ambos.

Además de su culto religioso, Opeka tuvo que dedicarse a la agricultura, cultivó arroz para sobrevivir, metiéndose en el barro como cualquier campesino malgache. Sin embargo, al misionero argentino lo que más le preocupó fue la vivienda ¿dónde dormiría tanta gente? Con sus conocimientos de albañilería se dedicó a construir día y noche, todos los días hasta conseguir que no faltara uno solo sin tener techo bajo el cual dormir, por ello le concedieron el Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2007.

Del granito de la montaña empezó a sacar piedra, grava y adoquines, para venderlos para la construcción. Del basurero empezó también a sacar abono natural, que también vendía. Poco a poco, lo que primero había sido un albergue de jóvenes se convirtió en un pequeño barrio, luego en dos, hasta llegar a la ciudad que es hoy y en la que viven más de 20 mil personas.

Todo empezó en un basurero. En 1989 fue destinado a la capital, Antananarivo, para ocuparse del seminario de los Paúles. Cuando vio la miseria de la gente, especialmente en la periferia de la ciudad, con más de 800 familias escarbando en la basura para poder comer, se dijo a sí mismo que ahí no valía para nada hablar, que lo pertinente era actuar.

Su primera experiencia en el continente africano fue en Vangaindrano, al sureste del país. Estuvo 15 años animando la parroquia y allí comenzó a sentir la necesidad de estar junto a la gente.

El sueño se hizo realidad y la labor rindió frutos, al borde de ese vertedero comenzó a construir viviendas para alojar a los “sin techo”. La comunidad se llama Akamasoa, que significa “Buenos amigos”. Está dotada de guarderías, escuelas y centros de formación.

Con un pequeño grupo de voluntarios de su antigua parroquia, empezó en un pequeño terreno de dos hectáreas, cedido por las autoridades municipales. Allí construyó las primeras viviendas, una pequeña ciudad que se llamaba Manantenasoa, que significa en lengua malgache “la colina del coraje”. Poco a poco se fueron construyendo casas de madera, que luego pasarían a ser reconstruidas con ladrillos.

Poco a poco las colinas que rodean el basurero se fueron llenando de hermosas casas, fabricadas con ladrillos y agradables para vivir. Lo que antes era un paisaje de basura y porquería se fue transformando en una auténtica ciudad, con jardines, flores, calles pavimentadas y limpias.

Principió con una pequeña casa de acogida para los chicos, un hogar de apenas 16 metros cuadrados al borde de un vertedero de 20 hectáreas sobre el que vivían cinco mil personas.

Se empezaron a crear escuelas primarias, secundarias… Actualmente, hay más de siete mil alumnos, sin contar las guarderías. También hay talleres escuela (carpintería, mecánica, etcétera) que forman y dan trabajo a los jóvenes; talleres y escuelas de bordado, de artesanía… en las que las mujeres no sólo aprenden un oficio, sino que consiguen unos ingresos que les ayudan a sobrevivir.

Como buen argentino, Opeka es un gran aficionado al fútbol y un buen jugador. Con ellos jugó al fútbol, llegando a ser una estrella del equipo local. Según cuenta él mismo, “el fútbol fue el camino para ganarme su confianza y sentirme entre ellos”.

Nació en 1948, lleva más de la mitad de su vida trabajando en Madagascar. Esta pasión por el fútbol la contagia ahora a los niños y jóvenes que habitan el lugar, hoy bien vestidos y alimentados, en las distintas escuelas que alegran la ciudad de sus sueños y desvelos.

Muy lejos de Madagascar, el misionero nació en San Martín, en la provincia de Buenos Aires, es hijo de emigrantes eslovenos. Las buenas costumbres se aprenden en la casa. Siempre vio en su padre, que era albañil, un modelo de esfuerzo y de trabajo. Para él, “sin trabajo no se consigue nada”. Comenzó el oficio de albañil con su padre, a los 9 años. A los 14 ya era maestro albañil. Su madre tuvo 8 hijos y su padre trabajó muchísimo.

Sus padres le dieron la vida y le trasmitieron la fe. Los fines de semana, y pese a que Pedro prefería jugar al fútbol, comenzó a ir a las obras de construcción con su padre. Allí, con mucha iniciativa, aprendió el oficio. Así, cuando llegó a Madagascar y comenzó a trabajar con sus manos, la gente se extrañaba. Él les decía: “Tengo dos manos como vosotros”.

A los 17 años hizo su primera casa en Junil de los Andes, entre los indios mapuches, y desde entonces no ha parado. Sobre todo desde que comenzó su trabajo en Akamasoa.

También tuvo preparación religiosa, ingresó en la congregación de San Vicente de Paúl en Argentina. Estudió Filosofía en Eslovenia y Teología en Francia. A los 27 años se ordenó sacerdote y fue destinado a Madagascar.

Sus acciones han sido difundidas en el mundo entero. Opeka cuenta con la ayuda de “Manos Unidas”, de la Comunidad Europea, del Principado de Mónaco y de otras muchas instituciones internacionales.

Eslovenia y Mónaco lo propusieron hace años para el Premio Nobel de la Paz, sin resultado alguno. Ha recibido numerosos premios y galardones a nivel internacional, entre los que destaca la Medalla de la Legión de Honor, máxima distinción francesa.

Akamasoa es hoy un ejemplo de cooperación y solidaridad, con el padre argentino al frente de ella. Por toda su obra y por ese ejemplo de cooperación y solidaridad, su constante labor a favor de los más pobres le ha valido al misionero Opeka ser nominado, nuevamente, en el 2016, premio Nobel de la Paz. Honor a quien honor merece.

 

Imagen tomada de www-aventurachalten.com.mar

 

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