Muchos ríos han pasado bajo el puente

Por Pedro Venegas

Reza un dicho popular que “muchos ríos han pasado bajo el puente” cuando quieren indicar que está muy lejano un suceso que se dio y muy distante para que se vuelva a repetir, como la vida misma de César Vallejo.

¿Quién fue ese personaje? El 15 de abril se cumplirán 79 años de la muerte de César Vallejo, un mes después del aniversario 125 de su nacimiento. A casi 100 años de que el poeta peruano comenzara a dar a la poesía universal su huella memorable, su obra sigue igual de vigorosa y vigente, quizá más porque escasos han sido los grandes poetas que puedan opacar su legado. Esto lo apunto como dato y con cierta tristeza.

Es tan difícil que los sucesos se repitan, hechos como este, por ejemplo. Recordemos, con una imaginación poética, que también los poetas dispersan las tinieblas y crean la luz con la palabra. Espero que esto no sea una exageración.

Creo que con un gran alud de imaginación y originalidad, el peruano le torció definitivamente el cuello al cisne modernista de muy engañoso plumaje para dar a luz la poesía vanguardista y comprometida que causó escozor en la sociedad peruana de su época, como habría de suceder en otros lares en donde surgió, incluso en aquellos “más desarrollados”.

Podemos pensar en Archibald MacLeish, contemporáneo de Vallejo, quien desde la capital del imperio postuló que la poesía y la revolución política encuentran terreno común en un mundo cambiante:

“Hay una muy buena razón por la que la relación de la poesía con la revolución política debiera interesar a nuestra generación. La poesía, para la mayoría, representa la intensa vida personal del espíritu único. La revolución política representa la intensa vida pública de una sociedad con la cual el espíritu único debe, pero no debe, hacer su paz.”

La vida del poeta fue simple pero de grandes consecuencias. Vallejo comenzó a escribir muy joven y tuvo una vida literaria productiva de sólo 22 años, pues murió a los 46. En su mundo los intelectuales se formaban en la aurora, los hechos transcurrían de manera vertiginosa y quienes sentían el llamado de la reflexión y de participar activamente en la vida social y política, eran impulsados a crecer al ritmo de un mundo que parecía correr.

Su trabajo literario inició a los pocos años, César comienza a publicar en 1916, en la convulsión de la Primera Guerra Mundial, conflicto que involucró a muchos países y afectó en distinto orden a casi la totalidad del planeta. Poco más tarde vivió la primera revolución socialista del mundo, aquella que transformaría no sólo a la Rusia zarista sino al mundo entero a lo largo del siglo XX, porque dio lugar a tesis sociales, políticas y económicas que polarizaron al planeta.

Sin lugar a duda Vallejo era diferente y una de las repercusiones más interesantes fue la aparición de propuestas estéticas que latían al compás de movimientos sociales mundiales, regionales y locales. No se trata de una explicación simple que asimile las formas literarias a tal o cual ideología o al misterio del arte, sino de una gran complejidad artística que acompañaba a un mundo complejo.

Llamó la atención de muchos, al analizar la producción literaria latinoamericana de esa época, José Carlos Mariátegui distinguía tres periodos: uno colonial, otro cosmopolita y otro nacional. El primero era el que se explicaba por la supeditación social y política que significó la Colonia; en el segundo se podían percibir elementos provenientes de la producción literaria de otros países y el tercero es en el que se logra un lenguaje propio.

Es justo decir que varios escritores, entre la tercera y la quinta década del siglo XX, lograron ese lenguaje que fue conformando una copiosa producción latinoamericana, como podemos ver, por mencionar sólo a tres, en Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Octavio Paz. La narrativa también fue una veta sumamente prodigiosa.

Para darle un valor a su análisis tendremos que decir que Mariátegui no era sólo un acucioso teórico social sino también un excelente analista literario. Las páginas de la revista Amauta, que fundó en 1926, fueron visitadas por las plumas más creativas de la época. Borges, Martí, Unamuno, André Bretón y muchos más publicaron en Amauta. Por supuesto, también César Vallejo, quien gozaba de la admiración de Mariátegui.

Una muestra más de ello se vio en Siete ensayos sobre la realidad peruana, uno de los textos clásicos de la teoría latinoamericanista, Mariátegui incluye a César Vallejo en el apartado sobre literatura, donde lo describe como el precursor de una nueva conciencia y una nueva poética peruana.

Era verdad, no estaba equivocado Mariátegui. Sin embargo, la transición entre los tres periodos que visualizó en las letras peruanas, esquema aplicable en realidad a prácticamente toda la literatura latinoamericana, significa rupturas, representaba dejar atrás tradiciones. Estas novedades están acompañadas a menudo de incomprensión. Quizá fue por ello que César Vallejo sintió pequeño el patio literario en el que se movía en Perú y fue el impulso que lo llevó a buscar nuevos aires literarios a Europa, donde encontró el ambiente creativo que buscaba… y también la intolerancia política.

Para muestra un botón, “Los heraldos negros” fue el primer poemario que publicó Vallejo, en 1919, cuando aún vivía en Perú. La fuerza expresiva de estos poemas los ha mantenido a salvo del paso del tiempo. Puedo decir que el poema introductorio, que lleva el mismo nombre del libro, es quizá uno de los más lúcidos, inteligentes y desafiantes que se hayan escrito. Una ayuda de memoria para los poco aficionados a la poesía:

Hay golpes en la vida tan fuertes…¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma…¡Yo no sé!

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas

O los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

A esa altura del partido unas cuantas decenas de poetas ya habían dado la vida en América Latina por causas políticas; y ni hablar de las centenas de políticos que en algún momento de su vida incursionaron por la poesía. Pero digo mal; en Nuestra América no hay políticos por un lado y poetas por otro. Es toda una ensalada maravillosa de luces y sombras que a mí me presentan un poeta más humano que el purista de academia o biblioteca.

Y fueron varios los eruditos, tan así que, lo que para MacLeish fue una posibilidad de generaciones futuras, para gente como César Vallejo fue un rito de pasaje tan natural como hacer el amor en un cementerio. La mezcla de periodistas, poetas, políticos todavía aterra y fascina en algunos antros académicos euro-yanquis.

La lectura de la obra de Vallejo y de muchos otros escritores latinoamericanos que contribuyeron a darle brillo a las letras de nuestro continente hoy es sólo material para quienes tienen interés específico en la poesía o en la literatura.

 

Entre las limitaciones de los programas de estudio, por ejemplo del bachillerato, que intentan abarcar una gran cantidad de contenidos para que los estudiantes aprueben los exámenes de evaluación, nuestros jóvenes han perdido la oportunidad de conocer a poetas que nos han dado sentido de pertenencia y momentos luminosos de la experiencia poética.

Por eso digo que “muchos ríos han pasado bajo el puente” para que Latinoamérica tenga un poeta como ese y difícilmente volverán a pasar.

 

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