Una historia papal

Por Pedro Venegas

Muchas veces suceden acontecimientos que sin estar cerca de ellos desconocemos lo relevante de los detalles, lo que a simple vista nos da a conocer un suceso nos esconde otros y sólo a través de la investigación y el análisis podemos descubrir y sacar a la luz pública, tal es el caso de la historia de hoy.

Hace 38 años, el miércoles 31 de enero de 1979, una fotografía dio la vuelta al mundo: usando un casco siderúrgico, incluidos lentes de cobalto, Karol Wojtyla se convertía en el Papa obrero. El heredero de un piadoso pescador se identificaba con los trabajadores industriales del mundo desde un puente en una ciudad del norte de México. Hay en esa foto una suerte de homenaje por partida doble a la lucha de Solidaridad: un pontífice polaco y un obrero de su iglesia. Habemus papam obrerus.

Había que hacer algo significativo, algo que cautivara y motivara al pueblo de México y ese fue el toque maestro de la primera visita papal a México, un recorrido preñado de simbolismos que marcó un parteaguas en la santa relación entre el Estado mexicano y la Iglesia Católica. Hay una relación causal entre la presencia de Juan Pablo II en nuestro país y la reforma constitucional de 1993 que daría un giro de 180 grados a las relaciones con el Estado y el Vaticano.

La vida política y social de los mexicanos iniciaba los primeros pasos al despertar de conciencias y la liberación de los sentimientos. En aquel año hubo especulaciones encontradas sobre este gesto del Papa que no estaba en el programa y que nadie esperaba. Por diversas vías supe de versiones que lo hacían una estratagema calculada, una suerte de provocación al gobierno de López Portillo desde la sede del sector empresarial más compacto, más combativo y más antipriista del país, dolido aún por el asesinato de Eugenio Garza Sada, del que muchos responsabilizaban al anterior gobierno de Luis Echeverría.

El huracán de la polémica llenó los encabezados de los principales diarios de la República, principalmente los del norte del país. Sostenían que había sido maniobra del gobierno dirigida al conservador grupo industrial regio, operada desde la Fundidora Monterrey, siderúrgica recién rescatada por el Estado y sede de la Sección 67 del Sindicato Minero, lacaballería ligera del radicalismo rojo según los mismo ideólogos que denunciaron al lopezportillismo en el caso Garza Sada.

Ahora, varios años después de la muerte de Juan Pablo II y de la renuncia de Benidicto XVI, se puede dar a conocer la verdadera historia de aquella fotografía y les digo a los jóvenes que no saben de qué hablo, y explicarles la transformación del Puente de San Luisito, sobre el río Santa Catarina en Monterrey -desde entonces “Puente del Papa”- al atardecer de aquel miércoles.

Por primera vez miles de trabajadores tuvieron el orgullo de que sus hijos comprendieran el sentido profundo del trabajo individual en términos de la construcción de un país, la pureza de una acción papal como símbolo de unión nacional, el representante de Cristo en la tierra con un acto de sencillez.

La visita de Juan Pablo II a México y a la ciudad de Monterrey en especial, causó revuelo y expectativa. Los empresarios y las autoridades eclesiásticas formaron un comité de trabajo para organizar las crónicas con que se recibiría al vicario de Cristo, el heredero de Pedro el pescador.

Pero desde mi óptica era claro que esa visita debía tener una consecuencia directa al interior de Monterrey, capital del uno de los estados más industriales y poblados de la República Mexicana, y no quedarse en lo abstracto de una bendición urbi et orbi a una masa de fieles sin nombre y apellido.

La intención iba más allá de una simple foto, el reto era inducir en el imaginario colectivo la idea de que el Papa había reconocido a los trabajadores mexicanos y se había unido a ellos en una transformación simple (por medio de un casco y unas gafas) y emblemática en todo el territorio nacional.

Ante su llegada, se supo que un grupo de obreros católicos saludaría al Papa a nombre de los trabajadores. Entre ellos estaba un jubilado de la Fundidora, don Enrique Aguinaga Saucedo, líder obrero y comunal.

Era, en una descripción sencilla, un hombre delgado, de pelo blanco y afable, que desprendía cierto carisma. Con sencillez y sin recovecos platicó a los medios cómo había sido propuesto al grupo por su párroco y cómo lo habían seleccionado en el Arzobispado. También informó que se habían establecido ciertas reglas, entre ellas la principalísima de que el grupo representaba al conjunto obrero y no a una industria en particular.

Aquella tarde platicó más de dos horas con los medios, según pude averiguar. Se vistió don Enrique con botas, chamarra de planta, pantalón y camisola de caqui, guantes de carnaza y otros objetos. Y al cabo de muchas y variadas consideraciones, se convenció de que sería una enorme satisfacción personal y un bien social, el que en el momento preciso le colocara al Papa el casco. Se fue con esa misión, cierto de que no violaría ninguna regla, pero que tampoco pediría permiso a los organizadores.

Por fin llegó el momento del saludo obrero. Uno a uno avanzaron los agraciados, hincándose ante el Pontífice para recibir la bendición. Don Enrique fue el último, al incorporarse, no avanzó tras sus compañeros. Su mano derecha se introdujo bajo la pesada chamarra, apareció su diestra con un paliacate. Don Enrique se quitó el casco. Con discreción limpió el interior mientras el Papa lo miraba confundido, y se lo colocó sin que éste metiera las manos.

Entonces, como si se hubieran puesto de acuerdo, todos explotaron en júbilo. Un aullido de placer salió de las miles de gargantas reunidas en el lecho del río y se escuchó hasta el Santuario de Guadalupe. El maestro de ceremonias perdió totalmente el control sin saber que decir. Clamó a todo pulmón: “¡Un obrero de Monterrey ha colocado su casco al Santo Padre!”

Así se captó la imagen del “Papa obrero” que recorrió el mundo. El representante de Dios sobre la tierra había tenido un gesto de sencillez y unidad con los obreros del pueblo mexicano. Una historia simple pero que tuvo mucho de contenido para aquella época. Que motivo y dio ánimo a toda una nación y un ejemplo al planeta entero.

(Imagen tomada del sitio americatv.com.pe)

Be the first to comment

Leave a Reply

UA-49372209-1