Vera Caslavská, la indomable

Por Pedro Venegas

Durante mi recorrido matutino de los diarios de circulación nacional encontré la noticia del fallecimiento de la gimnasta Vera Caslavská, de inmediato mi mente remontó en recuerdos, la imagen en blanco y negro del televisor anunciando la participación de la mujer de origen checo, nativa de Praga, vestida con un leotardo holgado y un peinado de salón de los años 60, rubia, guapa, con pestañas postizas, grande de edad al compararla con las gimnastas de ahora, seria y precisa en sus movimientos.

En ese tiempo yo prefería las caricaturas, mi corta edad era alentada con esos cartones animados de Mickey Mouse, el Pato Donald, y otros más, sin embargo, eran tiempos de olimpiadas y todos los canales se encadenaba a la justa olímpica, el canal 2, el 4 y el 5 no difundían otra cosa, fue así como la conocí.

Ganadora de varias medallas olímpicas y mundiales, Vera representando a la antigua Checoslovaquia, fue la gimnasta de su país que más medallas ganó, aún más, la nombraron reina de los juegos olímpicos de México 1968, vino a nuestro país a casarse y ni ella lo sabía, todavía está presente la imagen de su boda en la Catedral, vestida toda de blanco, elegante y feliz.  En su mirada, en un paneo de la cámara, pude descubrir el dulce guiño del amor.

Vera Caslavská se echó a la bolsa al público mexicano cuando incluyó música mexicana en su rutina de suelo con temas tales como el Jarabe Tapatío y Allá en el rancho grande. Por sus triunfos y su simpatía con el público mexicano, fue nombrada reina o heroína de los juegos olímpicos de 1968.

Para Caslavská, México debió parecerle el paraíso o un oasis en comparación con la pesadilla sufrida en su propio país, alineado al bloque soviético. Permaneció en nuestro país de 1979 a 1981 junto con su esposo Josef Odložil y pudieron haberse quedado más tiempo si no fuera porque México cesó sus exportaciones petroleras a Checoslovaquia.

Nació el 3 de mayo de 1942, desde pequeña dio muestras de ser alguien especial, diferente, sobresaliente a los demás, sus padres lo notaron y la impulsaron. Vera empezó en el mundo de los deportes con el patinaje artístico sobre hielo en 1952, aunque también practicó el ballet clásico; pero el destino le tenía una sorpresa. Cuando tuvo edad suficiente fue integrada a la selección olímpica, entonces comenzó su enorme carrera de triunfos, obtuvo el récord de ganar más títulos individuales olímpicos que ninguna otra.

Como gimnasta debutó internacionalmente en el campeonato mundial de Moscú 1958, ganando medalla de plata por equipo. Su primera participación olímpica fue en los juegos de Roma 1960 y también ganó medalla de plata por equipo.

Es la única gimnasta en el mundo que ha ganado el oro en todas las pruebas individuales: la barra de equilibrio, salto de potro, barras asimétricas y suelo. Para que vean lo sobresaliente de sus éxitos, esta hazaña no se ha logrado hasta la fecha en la rama varonil.

Además, y por si fuera poco, ganó la medalla de oro en prueba general en dos juegos olímpicos consecutivos (tanto en Tokio 1964 y México 1968), récord que comparte con la soviética Larissa Latynina.

 

También luchadora social

“Cuerpo sano en mente sana”, dice el dicho y Vera lo demostró, desde su adolescencia comenzó a dar muestras de un pensamiento diferente y a favor de la gente, fue conocida por su apoyo a la democratización de Checoslovaquia, tanto que había un registro de sus actividades, con las consecuentes represalias del régimen comunista de su país.

Y era lógico, en aquella época Rusia controlaba o intentaba hacerlo, muchos países, alrededor del mundo y Vera se manifestó públicamente contra la intromisión soviética sobre su país, y por ello apoyó el movimiento democratizador llamado “Primavera de Praga” en 1968.

Además rubricó el manifiesto de protesta que muchos denominaron “Dos mil palabras”, promulgado por el escritor y periodista Ludvík Vaculík. A fin de evitar ser arrestada por estas acciones, se refugió en las montañas al norte de Checoslovaquia (al este de la República Checa), específicamente en el pueblo de Šumperk, lugar donde entrenó rumbo a los juegos olímpicos de México que estaban ya muy próximos.

Tuvo que improvisar, colgarse de las ramas de los árboles como si fueran barras, cargando leños a manera de pesas, correr a campo traviesa, hacer sentadillas en el río y caminar a contracorriente por horas para ejercitar sus piernas, sufrir raspones y callosidades, entre otras cosas. Hasta que al fin llegó la autorización para ir a México.

Ya en nuestro país, Vera Caslavská no perdía oportunidad para seguir expresando su anticomunismo soviético y esto le trajo consecuencias, Vera ganó claramente en la rutina de suelo, pero al final de forma sorpresiva y sospechosa, los jueces reconsideraron las puntuaciones y decretaron un empate en el primer lugar entre Caslavská y la soviética Larissa Petrik. Pero esto no era todo. En la prueba de barra de equilibrio, otra polémica decisión arbitral le concedió la presea de oro a la soviética Natalia Kuchinskaya y a Caslavská no le quedó otra más que conformarse con la de plata.

Demostrando su carácter, Vera protestó silenciosamente contra el favoritismo de la Unión Soviética y al mismo tiempo contra su régimen comunista en ambas ceremonias de premiación: mientras se entonaba el himno soviético, ella inclinaba su cabeza con su mirada hacia abajo y con el rostro hacia otro lado en dirección opuesta a las competidoras de la URSS.

Todo lo anterior fue aplaudido por sus compatriotas no así por las autoridades checoslovacas ni por su federación. El gobierno checo la consideró persona no grata y se le prohibió participar en cualquier evento deportivo dentro y fuera de su propio país.

Sin embargo, la situación de la gimnasta cambió a su favor durante los años 80, del Siglo XX, mediante la intervención del Comité Olímpico Internacional (COI) y en especial debido a la caída del popular comunismo.

También en los años 90 ocupó cargos públicos relacionados con el deporte y recibió varios reconocimientos por su labor al deporte.

Vivió la injusticia en su propio país

En la etapa más difícil de su vida en su país, Vera fue relegada hasta el punto de casi no existir, sin embargo, de algún modo ella se las ingenió para trabajar clandestinamente, como fue en el caso del Club Sparta de Praga que la contrató para entrenar a sus gimnastas adolescentes, pero a escondidas. Por obvias razones ella no acompañaba al club, cuando éste salía de gira.

Además, el gobierno de Checoslovaquia prohibió la publicación de su autobiografía ya que en algunas de sus páginas Vera criticaba la forma cómo el régimen checoslovaco trataba a sus deportistas. Finalmente en Japón se publicó dicha obra, pero a petición del gobierno checoslovaco, fueron censuradas las partes donde se criticaba al gobierno checo.

Sabiendo que Vera iba ganando la batalla y cada vez tenía más seguidores, su gobierno quiso darle una oportunidad de dirimir las diferencias si aceptaba retractarse de haber firmado aquel manifiesto “Dos mil palabras”, pero ella se negó a hacerlo siguiendo firme y valientemente en sus convicciones aun a sabiendas de las posibles y funestas consecuencias, como sucedió.

Ha muerto la atleta, la campeona, la invencible, la líder, la demócrata, la esposa y para muchos, principalmente para los que vivimos sus hazañas, la reina de México. Descanse en paz Vera Caslavská, la indomable.

Como decían los antiguos: “Honor a quien honor merece”. 

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