Adriana

Por @galindoenlinea

Aprender a quererte no me llevó mucho. Siempre estuviste -para mi este ‘siempre’ duró 43 años-. Tu corazón sabía estar abierto, latiendo, cálido, completo, siempre nos alcanzaban tus latidos, tus abrazos, tus sonrisas, tus chistes, tus canciones, tus series ‘gringas’, todo, todo fue así completo, contagioso, amoroso hasta el último respiro, hasta la última noche, esa que me sigue doliendo.

Así te viví, así te extraño.

Apenas el párrafo nace y ya me volviste a hacer llorar porque no ha aprendido a dejar de quererte, porque casi parece que te veo entrar para decirme “gordito, ya regresé…”, siempre regresabas, todavía creo que lo sigues haciendo con tu sonrisa, con tus abrazos, con tus palabras que tanto me gustaban, que acariciaban, que hacían crecer el alma.

Estas últimas noches han sido difíciles sin tí, algunas más cuando se va el sueño y se queda la tristeza a veces mucha, a veces no tanta, ahí es donde creo que vienes y cuidas mi sueño, así me gusta creerlo.

Aún así he regresado a tu casa, a mi casa, a la casa que nos acompañó a soñar los sueños, los más grandes, esos que veíamos en las noches en el techo, cuando había lluvia de estrellas y nos despertabas y nos llevabas para verlas y traías unas cobijas para que no nos diera frío.

Siempre te preguntaba de dónde sacabas ese amor para tanta gente, porque siempre te quisieron, porque toda esa madrugada, la última contigo llegaron uno a uno, una a una. Todos nos reconocimos en tu amor, nos dolía, nos duele lo mismo, nos hacemos los fuertes, nos acordamos de tantos momentos que inevitablemente nos vuelve a hacen llorar tarde o temprano, solos o acompañados.

Apenas caí en la cuenta este domingo que hoy cumplirías 60, aunque tú nunca tuviste edad, no importaba, siempre fuiste joven, siempre guapa, siempre fuerte, yo estoy convencido que perfecta.

Recordaba cómo es que sabías todo lo que me pasaba y es increíble cómo adivinabas particularmente cuando el corazón me dolió, las veces que pasó y cómo estabas ahí para escucharme, para sacar los remedios, como cuando me raspé la rodilla o cuando me caí del caballo  y más bien querías colgarme y también me curaste. Todavía la última vez que hablamos me curaste, esa eras tú, esa eres tú, así de grande, así de especial.

No se lo dije a nadie, pero siempre viví pensando que fui tu favorito, hay quien lo creía y eso me hizo más feliz porque me enseñaste a serlo, a compartirlo, a vivirlo como es, como sólo tu sabías enseñar, aunque tengo mis dudas a veces de haber sido un buen alumno.

En tu cumpleaños, el primero sin tí quería escribirlo, necesitaba hacerlo…

 

 

Be the first to comment

Leave a Reply

UA-49372209-1