El círculo de Rosemberg

Por Pedro Venegas

“Alguien hizo un círculo y me dejó fuera de él.

Yo hice uno más grande, e incluí a todos”.

R.R.

Cuando te machucas un dedo, te golpeas una mano o un pie, te pegas en un ojo o quedas enyesado de alguna extremidad por una fractura y tus movimientos se vuelven lentos, torpes, con mucho esfuerzo, con dolor o de plano quedas inmóvil, es entonces cuando te puedes dar cuenta lo que significa estar impedido y no poder usar alguna de tus extremidades, ojos, boca u oídos. Es sentir cómo dependes de los demás, es ver que hasta las cosas más sencillas -como cambiarte de ropa- se vuelve una enorme complicación; es, francamente, una sensación de impotencia que a nadie se le desea.

Pues todo ello no es nada comparado con el síndrome de Marfán, un trastorno del tejido conectivo, que afecta los sistemas esquelético y cardiovascular, al igual que los ojos y la piel. 

Se caracteriza por un aumento inusual de los huesos largos del cuerpo y, entre otras afectaciones, aqueja áreas del organismo como la médula espinal. 

Se cree que una de cada 5 mil personas padece este síndrome y, a diferencia de otros problemas genéticos, no afecta negativamente a la inteligencia.

Este trastorno es lo que padece un joven chiapaneco de nombre Rosemberg Román, quien a los 14 años dejó de caminar como consecuencia de dicho mal; los médicos diagnosticaron cuadraplejia. 

Su historia nos la cuenta Cristina Pérez-Stadelmann, reportera del periódico El Universal, en un trabajo muy amplio e ilustrativo, cuya entrevista desnuda el alma de Rosemberg y nos muestra que a pesar de sus limitaciones físicas, exige nutrir su cerebro sano de una carrera profesional a la que, parece ser, no tiene derecho.
Hasta los 20 años no tuvo el ánimo de salir de su casa, de su encierro, del claustro donde él mismo se confinó luego de verse impedido para caminar. 

¿Qué importaba la vida para él?, ¿qué pensaba ese jovencito que comenzaba a vivir?, ¿para qué salir?, ¿para qué hablar con la gente?, ¿qué se podía solucionar con eso? 

Fueron seis años y muchas horas de meditación para analizar bien las cosas, para llegar a una buena solución. Sabía que si se decidía a salir sería para dar una rabiosa pelea a la vida, para demostrar que lo que el cuerpo le impedía la mente se lo daba de sobra.
Antes que nada, Román deseaba no ser una carga para su familia así que salió a la calle y buscó un oficio, nos narra Pérez-Stadelmann, y lo encontró. 

Se dedicó a reparar celulares a través de sus conocimientos autodidactas de ingeniería en electrónica; aunque, claro, contaba con un ayudante, dado que tampoco puede hacer uso al cien por ciento de las extremidades superiores, debido a su enfermedad.
Luego llegó a su vida el ciberespacio: una computadora y el Internet. Así pudo comunicarse y ser integrante de distintos foros civiles para discapacitados que lo motivaron para convertirse en algo más que un joven con capacidades diferentes. 

Fue entonces cuando decidió salir de su pueblo, Salto de Agua, y en un autobús se dirigió a Tuxtla Gutiérrez, ambos en Chiapas. Ese viaje le dio el valor para ser independiente, incluso conoció a Andrea y vivió con ella durante dos años. Para ese momento estudiaba la secundaria.
La separación de Andrea, su independencia y su activismo a favor de los discapacitados lo motivó a escribir, con un solo un dedo –el índice- de su mano derecha, un libro que alentara a aquellos que padecían de su mismo mal, y a los familiares de éstos los ayudaría a comprender más su sufrimiento. 

La obra se titula Discapacidad, mitos y realidades, lo que no imaginan de nosotros, publicado por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, en 2006.
Este libro abrió muchos caminos para Rosemberg Román. A partir de su publicación, comenzaron a llegar diversas invitaciones para participar en foros o para dar pláticas en instituciones públicas y privadas.

Mucha gente quería escuchar su opinión sobre cómo sobrellevar y salir adelante en una situación tan crítica como la suya. Su lema los cautivó: “Alguien hizo un círculo y me dejó fuera de él. Yo hice uno más grande, e incluí a todos”.
Las sorpresas y oportunidades llegaron como una creciente bola de nieve. Primero, fue postulado en dos ocasiones al Premio Nacional de la Juventud y también al que otorga el estado de Chiapas, el cual obtuvo en el 2009. 

Todo esto lo motivó a presentar –y aprobar- el examen de bachillerato del Centro Nacional de Evaluación (Ceneval). 

Después fue aceptado como estudiante de Psicología de la Facultad Ciencias Humanas, en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, campus Tuxtla Gutiérrez.
A sus 33 años de edad, y ante el asombro de alumnos y maestros, Rosemberg fue el único alumno discapacitado en la Facultad de Psicología, el único que necesitaba ayuda para trasladarse, para tomar sus clases y no la pedía.
Luego, gracias a sus altos promedios, fue aceptado como alumno de intercambio para cursar el sexto semestre de su carrera en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sin embargo, la realidad abofeteó su cara.
Previo a su ingreso, Román recibió una carta de la UNAM donde se le informaba que era aceptado, pero se le advertía que debía estar consciente de que dicha Facultad no contaba con instalaciones propias para su situación física, sin elevadores ni rampas, y que por lo tanto tenían la posibilidad de ofertarle únicamente las materias impartidas en la planta baja del edificio.
Nunca se le explicó que esas asignaturas de la planta baja no eran las que él necesitaba para avanzar en su formación profesional y que sólo recibiría cuatro de las seis materias establecidas para el sexto semestre, ya que las demás se impartirían en el primer piso, también sin elevador, y en otro edificio con desniveles y escaleras, sin accesos adecuados para sillas de ruedas.
Ubicado drásticamente en la realidad, Rosemberg no tuvo más alternativa que renunciar a su beca y regresar a Tuxtla Gutiérrez con sus propios recursos y a pesar de ello fue ganador del Premio Estatal de la Juventud 2008 por el Gobierno del Estado de Chiapas.
Hoy en día cuenta con un blog donde sus simpatizantes plasman sus sentimientos e ideas a través de la poesía, de textos simples, de prosa sencilla pero abrumadora, con un toque nostálgico de ilusión y amor. 

Además, existe la Fundación que lleva su nombre y que busca apoyar a todos aquellos jóvenes que sufren su misma incapacidad.
Sabemos que Rosemberg Román es un guerrero que libra con valor todos los días una y mil batallas -la primera es la de sobrevivir-, y lo que le sucedió representa la derrota de una de ellas, pero no el fin de la guerra.
Su lucha continúa. El joven Rosemberg está insistiendo en diferentes instancias defensoras de los derechos humanos para lograr sus metas. 

Sabe que su triunfo, cuando llegue, no será únicamente para él, sino para los miles de discapacitados incluidos en el enorme círculo que él trazó.

 

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