María Isabel, una luz entre tanta oscuridad

Por Pedro Venegas

Sus manos describían lo árido del camino, el polvo y la sangre obtenida por agarrarse de las piedras para no caerse, los zapatos llenos del lodo que parecían escribir su historia, una vida llena de sacrificio, sin embargo, ella no llora, está curtida, conoce el valor de lo difícil y lo imposible. 
Tiene que caminar ocho kilómetros diariamente para llegar a ese pequeño lugar que simula una “escuela”, sin ventanas, con piso de tierra, sin un baño de verdad.
Es la historia de una maestra que durante 37 años de docencia tuvo que enfrentarse a escases, miseria, caminatas enormes para llegar a dar sus clases, tuvo que escalar cuestas e incluso embarazada seguir trabajando, enseñar a través del ejemplo.

También tuvo que atender a alumnos discapacitados en la sierra de San Luis Potosí hasta que, a la vuelta de los años, llegó a ser la mentora de los mejores alumnos de primaria que participaron, en varias ocasiones, en la Olimpiada del Conocimiento con muy buenos resultados, su nombre: María Isabel López Segura.

 Verónica Díaz, de Milenio, hizo un trabajo especial para la edición dominical, le puso talento y explicó cómo esta maestra humilde, sencilla, sin más recursos que sus pies, sus manos y su inteligencia logró hacer tanto con tan poco y demostró que cuando se quiere se puede.

La vida de María Isabel es la que muchos quisieran realizar, muchos con iniciativa, con decisión, con ganas de moverse, de hacer, de crear, de lograr que sus actos se transformen en obras. No es cuestión de política, de grilla, de acomodarse en el gobierno, de obtener un cargo, un lucro con las cosas. Se trata de almas altruistas que sólo buscan hacer el bien. Ejemplos de vida que nos dan en qué pensar e inspiración para hacer algo con nuestra vida, por nuestra familia, por México.

Narra Verónica que María Isabel comenzó su carrera como maestra a los 19 años de edad, en 1979, y tuvo que sufrir el terrible frío de madrugada y después del traslado en autobús, caminar ocho kilómetros para llegar a tiempo para dar su clase, en aquel entonces en un rancho de Guanajuato. ¿Qué impulsaba a esa joven para realizar todos los días esa proeza? ¿De qué se alimentaba su alma para tener esa fortaleza?

Tuvieron que pasar 37 años para curtir a aquella joven, la hicieron de acero, blindada contra el sufrimiento, la enfermedad, el desgaste, la tristeza, la pobreza, contra la indiferencia de sus superiores. Todos esos años pasaron y la llevaron a una ceremonia, encabezada por el presidente Felipe Calderón, en aquel entonces, como la mentora que llevó a la final a ocho de los mil niños más destacados del país, increíble, sorprendente, de ese tamaño es María Isabel, quien pertenece a la Sección 26 del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (SNTE).

El evento tuvo lugar en el Museo Nacional de Antropología e Historia, donde el Presidente de la República, el 23 de julio de 2013, entregó reconocimientos a los vencedores de la Olimpiada del Conocimiento Infantil 2012. Una de ellos fue María Fernanda Camacho Zúñiga, premiada como la mejor estudiante de primaria del país, título alcanzado en 2008 por David Zavala Sierra; los dos potosinos, ambos alumnos de la maestra María Isabel López Segura.

Desde pequeña tuvo la vocación de mentora. No había otra cosa que le interesara más, su juego favorito era “la escuelita”, desde ese momento y hasta que cumplió 19 años y comenzó a impartir clases en las colegios rurales. Cuando tuvo a sus bebés muchas veces amaneció con ellos en brazos tocando puertas entre sus familiares para ver si se los cuidaban para ir a trabajar, no siempre le hicieron el favor.

En uno de los poblados a los que le tocó ir se encontró con la novedad de que no había alumnos, entonces, se dedicó a buscar casa por casa, los vio encerrados, olvidados, al final pudo juntar 27, discapacitados varios de ellos: sordos, mudos, dos con parálisis cerebral, tres con síndrome de Down, algunos sin brazos o sin piernas, de todo un poco, sin embargo, jamás tiró el arpa, jamás renunció, jamás abandonó su ideal de ser maestra, por el contrario, López Segura explicó que esos pequeños le enseñaron a superar sus miedos y a valorar sus sentidos.

 Para entender a sus alumnos con capacidades diferentes decidió que tenía que ser igual que ellos y entonces se vendó los ojos, se llenó la boca de algodón para no hablar y también los oídos, al final les enseño a leer y escribir, hizo un milagro, qué más.

Pero su enseñanza no fue sólo para los ajenos, también formó e impulso a su esposo el profesor José Ambrocio Sanjuanero Galaviz, quien fue director del plantel donde trabajaba. Es un hombre que sabe de sobra lo que vale María Isabel y lo que le debe a su esposa, simplemente su carrera profesional.

En 1984, narró López Segura a Milenio: “él había dejado su trabajo como montacarguista para trabajar como intendente de un jardín de niños. Lo motivé para estudiar la Escuela Normal Básica, luego lo impulsé a la licenciatura que lo llevó a ser director”. Dios te bendiga María Isabel.

 La clave del éxito de esta humilde maestra es sencilla; funcionan como una familia, el salón de clases es el hogar, todos traen comida y comparten, platican, se preocupa el uno por el otro, y no estudian para conseguir premios, sino para aprender, para la vida pues.

 A María Isabel no le interesa la política ni la grilla, ocupa su tiempo en trabajar intensamente, nunca ha recibido un solo estímulo ni reconocimiento por su esfuerzo, el premio para ella es la satisfacción de haber cumplido con la formación de talentos que algún día llevarán al México de sus amores a un futuro diferente, donde existan muchas más historias como la suya que son para todos ejemplo de vida.

Aprendamos del ejemplo, aprendamos de María Isabel. 

 

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